Veinte Años.

Por: Daniel Valles.

Veinte años son mucho tiempo. Es una frase que cualquiera puede pronunciar en un segundo, pero detrás de ella caben más de siete mil amaneceres, cientos de reuniones familiares, cumpleaños, navidades, conversaciones, despedidas y reconciliaciones. Caben también decisiones que parecían correctas en su momento y que, vistas desde la distancia, terminan revelando un costo mucho más alto del que nadie imaginó.

Hace veinte años algo se rompió. No diré qué ni señalaré a nadie porque, a estas alturas, los nombres importan poco. Lo que sí importa es reconocer que en aquel momento existían razones que parecían suficientes para justificar una separación. Había molestias acumuladas, agravios reales o imaginarios, palabras que lastimaron y silencios que terminaron haciendo más daño que las propias palabras. Cada quien estaba convencido de tener una buena explicación para actuar como actuó.

El problema es que las razones suelen envejecer muy mal. Lo que parecía enorme hace veinte años, hoy resulta difícil de explicar. Los argumentos pierden fuerza con el paso del tiempo porque la vida se encarga de poner las cosas en perspectiva. Lo que permanece no son las discusiones ni los motivos que las provocaron. Lo que permanece son las consecuencias.

Y las consecuencias de una ruptura familiar rara vez se miden en el momento en que ocurre. Nadie piensa que está perdiendo veinte años. Nadie se sienta a calcular cuántos cumpleaños dejará de compartir, cuántas navidades pasarán sin una llamada, cuántos acontecimientos importantes sucederán mientras las personas permanecen separadas. En el instante de la ruptura sólo existe el presente. El futuro parece demasiado lejano para preocuparnos.

Sin embargo, el futuro llega.

Mientras unos permanecían aferrados a sus razones, los niños crecieron. Los jóvenes se hicieron adultos. Los adultos envejecieron. Algunas personas murieron. Otras se convirtieron en abuelos. Nacieron nuevos integrantes de la familia que jamás conocieron la historia completa y que crecieron viendo una ausencia como si fuera algo normal. La vida siguió avanzando para todos, pero no todos la vivieron juntos.

Con los años uno descubre que muchas familias no se destruyen por grandes tragedias. En realidad, suelen romperse por una acumulación de pequeñas soberbias, por la incapacidad de ceder, por la negativa a escuchar o simplemente por la costumbre de aplazar una conversación incómoda pensando que siempre habrá tiempo para resolver las cosas más adelante.

Esa es quizá una de las grandes mentiras que nos contamos a nosotros mismos: creer que el tiempo está esperando. Pensamos que podremos llamar después, pedir perdón después o intentar reconciliarnos después. Lo que olvidamos es que el tiempo nunca se detiene. Mientras nosotros aplazamos decisiones, la vida sigue su curso y va llenando de acontecimientos los espacios que dejamos vacíos.

Por eso llega un momento en que tener la razón deja de ser importante. No porque la verdad carezca de valor, sino porque ciertas victorias terminan resultando demasiado costosas. El orgullo que parecía tan justificable pierde peso cuando se compara con un nieto al que nunca se conoció, con una voz que ya no se recuerda o con una silla vacía que antes ocupaba alguien a quien ya no será posible abrazar.

No se trata de repartir culpas. Las culpas explican el pasado, pero no cambian sus consecuencias. Tampoco se trata de fingir que nada ocurrió. Hay heridas reales y dolores legítimos. Lo que el tiempo enseña es algo mucho más sencillo y mucho más duro: que algunas pérdidas son irreversibles y que los años que dejamos escapar jamás regresan.

Cuando una familia permanece separada durante veinte años, lo que se pierde no son únicamente las relaciones. Se pierde una parte de la historia compartida. Se pierden recuerdos que nunca llegarán a existir. Se pierde la oportunidad de haber estado presentes en momentos que ahora sólo viven en la memoria de otros.

Por eso, al mirar hacia atrás, la pregunta importante ya no es quién ganó la discusión. Tampoco quién tuvo más razones para sentirse ofendido. La verdadera pregunta es si aquello que provocó la ruptura justificaba el precio que terminó pagándose.

La mayoría de las veces, la respuesta llega demasiado tarde.

Porque el tiempo tiene una característica que ningún ser humano ha logrado cambiar: avanza sin detenerse y jamás devuelve lo que se llevó.

Hace veinte años se separó una familia. Hoy sólo queda reconocer una verdad incómoda. El tiempo fue testigo de todo, observó cada decisión y cada silencio. Y al final, como ocurre siempre, cobró su factura.

Veinte años después, la deuda sigue siendo la misma. Los años que se fueron ya no volverán. Entonces, una cosa es verdad absoluta:

¡no es lo mismo “los años veinte, que los veinte años que han pasado!

Ahí El Meollo del Asunto.