Por: Daniel Valles.
En las entregas anteriores vimos dos cosas importantes. Primero, que muchas ideologías contemporáneas funcionan cada vez más como religiones seculares: tienen dogmas, ortodoxias y rituales culturales. Segundo, que el vacío de trascendencia que vive buena parte del mundo moderno ha dejado a muchas sociedades buscando nuevas fuentes de identidad y significado. Ahora conviene entender algo más.
Estas corrientes culturales no se expandieron por casualidad. Hubo un cambio estratégico: en lugar de intentar conquistar el poder político primero, comenzaron por algo mucho más profundo.

La cultura.
Quien logra influir en la cultura termina influyendo en la política tarde o temprano. Porque la política no surge en el vacío; nace de las ideas que una sociedad considera normales.
Por eso el primer terreno donde estas ideas comenzaron a consolidarse fue el educativo, especialmente en las universidades.
Las universidades no solo transmiten conocimiento. También forman profesores, periodistas, burócratas y líderes culturales. Si una determinada visión del mundo se instala ahí durante años, tarde o temprano terminará influyendo en toda la sociedad.
Una generación después, esa visión comienza a aparecer en los medios de comunicación. Y aquí ocurre algo muy interesante. Los medios no solo informan; también establecen qué ideas se consideran razonables y cuáles se presentan como peligrosas o inaceptables.
Por ejemplo, hoy es considerado normal afirmar que la identidad de una persona puede redefinirse independientemente de su biología. En cambio, cuestionar esa afirmación puede ser presentado como intolerancia.
También es normal hablar de sistemas permanentes de opresión social.Pero preguntar si esas interpretaciones siempre reflejan la realidad suele provocar acusaciones morales inmediatas.
Lo interesante no es solamente el contenido de estas ideas, sino el mecanismo cultural que las rodea. Las primeras se presentan como “progreso moral”. Las segundas se presentan como amenazas. Así se establece un nuevo consenso cultural.
El siguiente paso es todavía más profundo: el lenguaje.

Quien controla el lenguaje tiene una enorme ventaja para controlar la forma en que las personas entienden la realidad. En los últimos años hemos visto cómo ciertas palabras cambian de significado o aparecen nuevas expresiones que reorganizan la conversación pública.
Palabras como “identidad”, “inclusión”, “discurso de odio”, “violencia simbólica” o “privilegio” ya no funcionan únicamente como descripciones. Funcionan como categorías morales.
En algunos países incluso han aparecido leyes que regulan la manera en que ciertos temas pueden expresarse en el espacio público. La intención declarada es proteger a determinados grupos, pero el efecto cultural puede ser mucho más amplio: determinadas opiniones dejan de discutirse libremente.
Cuando el lenguaje se redefine, la conversación cambia. Y cuando la conversación cambia, también cambian las instituciones. Lo que comienza como una corriente cultural termina instalándose en políticas internas de empresas, reglamentos institucionales y programas educativos.
Aparecen códigos de conducta, manuales de lenguaje y programas obligatorios de formación ideológica. En ese punto, la transformación cultural ya está avanzada.
Las ideas que antes eran discutidas se convierten en normas sociales. Las dudas comienzan a desaparecer del debate público. Y las nuevas generaciones crecen pensando que ese marco cultural siempre fue así.

Ese es el verdadero poder de la hegemonía cultural: cuando una visión del mundo se vuelve tan dominante que deja de parecer una opinión y empieza a percibirse como la única forma razonable de pensar.
En ese momento la ideología deja de ser visible. Se vuelve ambiente.
Pero entender cómo ocurre este proceso es fundamental para comprender el tiempo que estamos viviendo. Porque estas transformaciones culturales no surgieron de manera espontánea. Detrás de ellas existe una estrategia intelectual desarrollada durante décadas.
En la próxima entrega exploraré ese origen. Y juntos veremos cómo ciertas ideas filosóficas del siglo pasado sentaron las bases de gran parte del debate cultural que hoy domina nuestras sociedades. Para poder ver, El Meollo del Asunto.