Hecho en EUA.

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Por: Daniel Valles.

Donald Trump acaba de resumir en seis palabras buena parte de su doctrina comercial: “Si fabrican en EU, no hay aranceles”.

Eso es “America First”, llevado de la consigna política a la política industrial.

El presidente estadounidense anunció que, a partir del 1 de enero de 2027, pretende elevar al 50{bb6c0506f589d6579991736b1383b8d5c82e32815363a6304598a2f00fe4e3f5} los aranceles sobre automóviles, camiones, autopartes y acero procedentes de Canadá.

La fecha importa: no estamos hablando de un arancel que ya se esté cobrando bajo este anuncio. Faltan meses, habrá negociaciones y las condiciones pueden cambiar. Pero la declaración permite entender mejor hacia dónde quiere conducir Trump la relación comercial de Norteamérica.

Y México debería escuchar.

Durante décadas construimos un modelo basado en una idea distinta: producir juntos. Primero con el TLCAN y después con el T-MEC, México, Estados Unidos y Canadá integraron cadenas productivas en las que una pieza puede fabricarse en Ciudad Juárez, cruzar a Estados Unidos, incorporarse a otro componente y quizá volver a cruzar antes de terminar dentro de un automóvil.

La palabra importante era Norteamérica.

Trump parece estar introduciendo otra: Estados Unidos.

No significa —primera salvedad necesaria— que Washington haya decidido aplicar a México exactamente las mismas condiciones anunciadas para Canadá. No lo ha hecho. Tampoco significa que el T-MEC esté muerto. Sigue vigente.

Pero sería ingenuo observar lo ocurrido con Canadá y suponer que no contiene mensaje alguno para nosotros.

Trump acusa a los canadienses de haberse aprovechado durante años de Estados Unidos. Habla de un déficit comercial de 60 mil millones de dólares y afirma que Estados Unidos no necesita a Canadá, sino Canadá a Estados Unidos. Podrá discutirse la exactitud, metodología o pertinencia de esas afirmaciones; lo indiscutible es la filosofía que las acompaña: Trump considera que el comercio exterior debe traducirse directamente en producción, inversión y empleos dentro de su país.

Eso es “America First”.

No necesariamente destruir el comercio internacional, sino utilizar el enorme mercado estadounidense como palanca para conseguir que las empresas fabriquen allá.

Y ahí Ciudad Juárez debe poner las orejas de punta.

Porque la discusión sobre las reglas de origen automotrices ya mostraba una diferencia fundamental. México y Canadá han defendido el concepto de contenido norteamericano. Washington viene presionando para otorgar mayor valor al contenido específicamente estadounidense.

Parece una sutileza técnica.

No lo es.

Una autoparte fabricada en Juárez puede cumplir perfectamente con la lógica de integración del T-MEC y, sin embargo, resultar menos atractiva si Estados Unidos construye un sistema comercial que premie cada vez más fabricar esa misma pieza en Texas, Michigan o Tennessee.

Ahí están empleos, inversión y plantas industriales.

También hay que colocar una segunda salvedad. Una cosa es lo que Trump quiere y otra lo que finalmente puede conseguir.

Las cadenas productivas norteamericanas llevan décadas integrándose. Desarmarlas tiene costos, incluso para las propias empresas estadounidenses. Fabricantes de automóviles de ese país ya han advertido que endurecer excesivamente las reglas puede representarles miles de millones de dólares adicionales.

La economía tiene la mala costumbre de no obedecer discursos políticos con la misma disciplina que los asistentes a un mitin.

Pero tampoco podemos cometer el error contrario: creer que Trump solamente habla.

Canadá ya descubrió que las amenazas arancelarias pueden convertirse en instrumentos reales de negociación. Y ahora tiene frente a sí otra advertencia para 2027 cuyo mensaje difícilmente podría ser más sencillo: fabriquen aquí y no pagan.

México debe prepararse.

No con discursos patrioteros ni anunciando victorias antes de sentarse a negociar. Mucho menos suponiendo que nuestra cercanía geográfica garantiza eternamente nuestra ventaja industrial.

La respuesta mexicana debe ser competitividad: energía suficiente y confiable, infraestructura, seguridad, agua, cruces fronterizos eficientes, certeza jurídica y trabajadores capacitados.

Si Trump pretende atraer producción mediante aranceles, México tendrá que demostrar que producir aquí continúa siendo suficientemente rentable para que las empresas soporten la presión política de Washington.

Ciudad Juárez tiene ventajas extraordinarias. Pero ninguna ventaja económica viene acompañada de garantía perpetua.

La siguiente negociación con Estados Unidos deberá mostrarnos si la receta aplicada a Canadá comienza a colocarse también sobre la mesa mexicana.

No sabemos todavía si ocurrirá.

Ésa es la tercera y más importante salvedad.

Pero ya conocemos la receta.

Trump la acaba de escribir sin lenguaje diplomático, sin necesidad de economistas que la traduzcan:

“Si fabrican en EU, no hay aranceles”.

Eso es “America First”.

La pregunta para nosotros es si México está preparado para competir cuando el vecino más importante del mundo decide que comprarle ya no es suficiente. Ahora quiere que fabriquen allá. Y en eso está, El Meollo del Asunto.