Cuando la ideología exige fe.

Por: Daniel Valles.

En las entregas anteriores planteamos dos ideas que ayudan a entender el momento cultural que estamos viviendo. Primero, que muchas discusiones públicas dejaron de comportarse como debates políticos normales. Segundo, que el vacío de trascendencia que vive buena parte del mundo moderno ha abierto espacio para que nuevas ideologías intenten llenar ese hueco.

Ahora podemos dar un paso más en esa reflexión.

Cuando una ideología comienza a prometer sentido, identidad y redención moral, empieza a adoptar características que se parecen mucho a las de una religión. No necesariamente en su forma externa, sino en su estructura interna. Y esa estructura tiene elementos que resultan sorprendentemente familiares.

El primero es la idea de culpa heredada.

En el debate político tradicional, las personas se juzgan por sus acciones. En cambio, dentro de estas nuevas corrientes culturales aparece una lógica distinta: la identidad misma se convierte en motivo de culpa o de virtud. El individuo ya no es evaluado por lo que hace, sino por el grupo al que pertenece.

Así aparecen categorías morales colectivas: opresores y oprimidos, privilegiados y víctimas. La historia completa de una persona puede quedar reducida a esa clasificación inicial.

El segundo elemento es la redención permanente.

Quien acepta esa lógica debe demostrar continuamente que está del lado correcto de la historia. No basta con estar de acuerdo. Se espera una participación activa, una repetición constante de ciertos discursos y una vigilancia permanente sobre el propio lenguaje. Pero hay un detalle significativo: esa redención nunca se completa.

Siempre queda algo más por corregir, algo más que aprender, algo más que demostrar. La pertenencia al grupo depende de mantener esa demostración constante de fidelidad.

El tercer elemento es la ortodoxia o autenticidad.

En cualquier sociedad libre, las ideas pueden discutirse. Sin embargo, cuando una ideología adopta rasgos de fe, ciertos principios dejan de ser debatibles. Cuestionarlos ya no se considera una diferencia de opinión, sino una falta moral.

Por eso aparecen reacciones cada vez más duras frente al disenso. No se trata solamente de refutar argumentos, sino de descalificar a quien los plantea. El objetivo deja de ser convencer y pasa a ser excluir. Ese fenómeno tiene hoy un nombre muy conocido: la cancelación.

El cuarto elemento es la aparición de intérpretes autorizados.

Toda estructura de fe necesita voces que definan qué significa realmente la doctrina. En la cultura contemporánea esa función la cumplen ciertos espacios académicos, activistas o institucionales que, establecen el lenguaje correcto y las ideas aceptables. Su papel no es debatir, sino señalar los límites del pensamiento permitido.

Finalmente están los rituales culturales.

En apariencia pueden parecer simples gestos simbólicos: frases obligatorias, declaraciones institucionales o determinadas formas de lenguaje. Pero su función es mucho más profunda. Sirven para demostrar pertenencia al grupo y reafirmar la ortodoxia. Quien participa confirma su adhesión. Quien se niega, se expone a sospecha.

Cuando todos estos elementos aparecen juntos —culpa colectiva, redención permanente, ortodoxia o autenticidad incuestionable, intérpretes autorizados y rituales culturales— la ideología deja de comportarse como una propuesta política. Empieza a comportarse como una religión secular.

Y eso explica por qué muchos debates actuales parecen imposibles.

No estamos ante simples diferencias de opinión. Estamos ante sistemas de creencias que buscan establecer una visión moral total y hegemónica de la sociedad.

El problema es que cuando una ideología adopta esa forma, rara vez se conforma con convivir con otras ideas. Busca expandirse. Busca dominar el espacio cultural.

En la próxima entrega exploraré algo aún más revelador: cómo estas nuevas creencias lograron avanzar desde el terreno cultural hasta ocupar instituciones clave como universidades, medios y organizaciones públicas.

Porque cuando una idea logra instalarse en esos espacios, deja de ser solo una opinión. Empieza a moldear la realidad. Y comprender ese proceso es fundamental para entender el tiempo que nos tocó vivir y El Meollo de este Asunto.