Constitución Parchada.

Daniel Valles

Cada 5 de febrero nos acordamos de la Constitución.
La mencionamos, la aplaudimos, la citamos… y al día siguiente la volvemos a ignorar.

La Constitución de 1917 nació como un pacto serio. No perfecto, pero serio. Tenía claridad, dirección y autoridad moral. Limitaba al poder, protegía al ciudadano y establecía reglas claras del juego. Era breve, entendible y ambiciosa: buscaba justicia social en un país que venía de la violencia.

Hoy, más de un siglo después, tenemos otra cosa. No una Constitución viva, sino una Constitución parchada.

Más de 700 reformas no son señal de modernidad; son señal de inestabilidad. Cada gobierno que llega le mete mano. Cada coyuntura se vuelve excusa. Cada crisis se resuelve no cumpliendo la Constitución, sino cambiándola.

El problema no es reformar. Toda Constitución debe adaptarse.
El problema es reformar sin principios.

Hoy hay artículos que se contradicen, derechos que dependen del humor político y reglas que cambian sexenio tras sexenio. El texto dejó de ser un pacto ciudadano y se convirtió en un documento técnico, enredado, incomprensible para la mayoría de los mexicanos.

Antes, las leyes debían someterse a la Constitución.
Hoy, la Constitución se somete a las necesidades del poder.

Y eso tiene consecuencias.
Una Constitución que se modifica a conveniencia pierde autoridad.
Una Constitución que no se cumple, aunque esté escrita, no gobierna.

No se trata de nostalgia ni de idealizar el pasado.
Se trata de entender que cuando el marco constitucional se debilita, el que queda desprotegido es el ciudadano.Porque donde no manda la Constitución, manda la discrecionalidad. Y donde manda la discrecionalidad, florecen el abuso, la corrupción y la impunidad.

L

a Constitución todavía tiene un núcleo valioso: derechos humanos, “división de poderes”, soberanía popular. Pero ese núcleo está enterrado bajo capas de reformas que responden más a intereses políticos que al bien común.

Por eso el problema no es que tengamos Constitución.
El problema es que dejamos de vivirla.

Y una Constitución que no se vive, que no se respeta y que se remienda según convenga, deja de ser guía y se convierte en trámite.

Eso es lo verdaderamente inconstitucional. Así El Meollo del Asunto.