Por: Daniel Valles.
Ciudad Juárez y El Salvador son dos caras de la misma moneda: violencia desbordada, jóvenes atrapados por pandillas, drogas y embarazos tempranos. La diferencia está en que uno decidió enfrentar el problema con disciplina y mano dura, y el otro se refugia en discursos ideológicos que poco o nada aterrizan en la realidad.
Bukele entendió que si quería salvar a El Salvador debía quitarles a las maras su semillero: las escuelas. Por eso cerró portones, impuso uniformes limpios, saludos obligatorios, cortes de cabello y hasta zapatos lustrados. Quiso devolver la dignidad al aula y cortar de raíz la cultura de la pandilla.

Las reglas eran claras: disciplina y respeto como cimiento de la educación. ¿Resultado? Una reducción drástica de la violencia y la recuperación del espacio escolar como lugar de aprendizaje, no de reclutamiento.
En Juárez, mientras tanto, las cifras siguen en rojo: asesinatos diarios, suicidios de adolescentes en alza, consumo de drogas normalizado, embarazos juveniles que rompen proyectos de vida y pandillas que encuentran terreno fértil entre la descomposición social. Aquí, la “Nueva Escuela Mexicana” promete inclusión, equidad de género y justicia social. Pero en la práctica, lo que genera es confusión. Se pretende “reeducar” con ideologías que no tienen sustento científico, como la llamada perspectiva de género, mientras lo elemental —orden, disciplina y calidad académica— queda relegado.

¿De qué sirve hablar de proyectos comunitarios o de diversidad cultural si los jóvenes siguen cayendo en las garras de la violencia? ¿De qué sirve enseñar que el mundo debe ser justo, cuando en la esquina de la colonia siguen reclutando menores para la droga y el sicariato?
El contraste es brutal: mientras Bukele pone a los jóvenes a cuadrarse, Juárez parece darles más excusas para perderse.
El Salvador refleja el modelo de seguridad de Bukele: disciplina férrea, control y civismo como estrategia preventiva. México, en cambio, refleja el modelo del gobierno actual: justicia social, inclusión y retórica.
Uno apunta a salvar vidas; el otro, a ganar aplausos internacionales con discursos ideológicos.
La pregunta incómoda es: ¿qué necesita más un adolescente juarense? ¿Un curso de equidad de género o la certeza de que si falla 15 veces repetirá el año? ¿La narrativa de que todos son diferentes y diversos, o la seguridad de que en su escuela nadie lo reclutará para delinquir?
Si no se entiende que la violencia se corta con disciplina y orden, Juárez seguirá hundiéndose. Y entonces sí, no habrá discurso que maquille el fracaso. Ahí, El Meollo del Asunto.