No habrá Impunidad.

Por: Daniel Valles.

“No habrá impunidad”. La frase más repetida por las autoridades mexicanas, de todos los niveles y colores. Es su respuesta automática ante cada tragedia, casi siempre un asesinato. Lo dijeron, la presidente Sheinbaum y el secreatario Harfuch, después del crimen del alcalde de Uruapan, Michoacán, Carlos Manzo. Lo repitieron cuando se hallaron casi 400 cuerpos apilados en un crematorio clandestino en Ciudad Juárez. También cuando se denunciaron abusos sexuales en guarderías de la misma ciudad, cuando en Veracruz asesinaron a una mujer chofer de plataforma, o en Michoacán a un líder limonero. O cuando en Jalisco se descubrió un rancho con cuerpos de desaparecidos. Y así, miles de casos más.

Las autoridades actuales siempre condenan, siempre reprueban, siempre culpan a alguien más. Pero nadie se atreve a decir: “esta culpa es mía”. La presidenta Sheinbaum repite el estribillo, “no habrá impunidad, llegaremos hasta las últimas consecuencias”, aunque ya le cambió la melodía: “seguiremos las investigaciones hasta dar con los responsables”. Lo deplorable no es la frase, sino el cinismo de adornarla con ideología y culpar “a la derecha” del asesinato de Carlos Manzo. No hay calificativo que describa semejante irresponsabilidad.

La violencia que padecemos no tiene parangón. El Estado está rebasado, o peor aún, resignado. Incapaz de prever, de contener, de castigar. Ni los gobiernos municipales, ni los estatales, ni el federal han logrado impedir que la violencia campee con total libertad. Lo que en tiempos de Calderón estaba concentrado en unos cuantos estados, hoy cubre el país entero.

La estrategia presidencial de “cero impunidad” ha sido puro maquillaje. Presencia sin acción. Inteligencia sin resultados. Y una narrativa de causas que suena a terapia colectiva más que a política pública.

Nadie está a salvo. Ni el ciudadano común, ni el alcalde, ni el periodista, ni el policía. La impunidad ha igualado a todos, pero hacia abajo: en la indefensión.

Los políticos hablan de planes, los jefes de seguridad presumen cifras, las secretarías de la mujer emiten comunicados. Pero ante el resquebrajamiento del hogar, la comunidad, los principios y valores absolutos, ninguno sabe qué hacer. No tienen brújula moral, ni un norte ético, ni la más mínima comprensión de que el problema no es la violencia, sino la descomposición del alma nacional.

Hay quienes incluso no quieren que la violencia termine. Como el comerciante que teme quedarse sin mercancía, porque luego qué vende, hay organizaciones que viven de la tragedia, de los fondos, de los reflectores. Y hacen lo justo para que todo cambie, pero que siga igual.

La impunidad tiene consecuencias devastadoras: corroe la confianza, normaliza el crimen, desalienta la denuncia, perpetúa la corrupción y destruye la esperanza. Cuando la persona ve que quien asesina, roba y se corrompe sin miramientos y queda libre, aprende la lección más peligrosa: que el crimen paga, y la ley no. Y esa pedagogía del fracaso social nos está matando.

La violencia es un síntoma. La enfermedad está en la descomposición moral de una nación que dejó de exigir justicia y se conformó con declaraciones. No se resuelve con discursos, sino reconstruyendo comunidad, familia y principios. Sí, tardaría años, pero más ha tardado la simulación. Si desde Calderón se hubiera trabajado con constancia y verdad, hoy no viviríamos este infierno.

Todo ha fallado. Y nadie ha tenido el valor de reconocer su culpa. Y sin esa confesión mínima, no habrá redención posible.

Basta de demagogia, basta de culpas ajenas, basta ya de decir que no habrá impunidad. Es hora de acciones concretas a corto plazo que devuelvan la justicia a su lugar y la paz a la gente. Ahí El Meollo del Asunto.