Por Daniel Valles.
El 8 de marzo volvió a pintar de morado las calles del mundo. También en México. Y también en Ciudad Juárez. Miles de mujeres salieron a marchar para exigir lo que, en cualquier país medianamente civilizado, debería ser obvio: seguridad, justicia y respeto. Hasta ahí, nada nuevo.
Lo nuevo —y lo interesante— es lo que empezó a verse con claridad este año: el feminismo marcha, sí… pero también se fractura.
Y cuando un movimiento empieza a fracturarse, lo que aparece no es debilidad. Aparece algo más profundo: la discusión sobre su verdadero rumbo.
Dos marchas, dos visiones

En Ciudad Juárez ocurrió algo simbólicamente poderoso: hubo dos marchas.
Una separatista, integrada exclusivamente por mujeres.
Otra incluyente, donde participaron familiares de víctimas, hombres y miembros de la comunidad LGBTQ+.
Las autoridades calcularon una asistencia cercana a cinco mil personas entre ambas movilizaciones. El dato no es menor.
Porque cuando un movimiento social convoca dos marchas distintas el mismo día, no estamos viendo organización… estamos viendo una disputa interna.
El ala radical
Un sector del feminismo sostiene una premisa clara: los hombres forman parte de una estructura histórica de violencia contra las mujeres.
Desde esa perspectiva, permitir la presencia masculina en marchas feministas desvirtúa la naturaleza del movimiento. Es la lógica del separatismo. Su argumento se resume así:
si el problema es estructural, la solución también debe serlo. Por eso consideran que el feminismo debe ser un espacio exclusivamente femenino.
El ala incluyente
El otro sector plantea algo distinto. Sostiene que la lucha contra la violencia hacia las mujeres puede incluir a hombres que también han sufrido la pérdida de una hija, una hermana o una madre. En otras palabras: la tragedia no distingue género.
Este grupo cree que la causa se fortalece cuando se amplía el respaldo social. En su visión, excluir aliados es estratégicamente absurdo. El fenómeno más interesante: el feminismo silencioso, Pero hay algo todavía más importante que las dos marchas.
Existe un tercer grupo.
Un grupo enorme. Un grupo silencioso. Miles de mujeres que condenan la violencia, exigen justicia, pero no se sienten representadas por los discursos más radicales del movimiento.
No marchan. No gritan consignas. No incendian monumentos. Pero tampoco son indiferentes. Simplemente no se identifican con los extremos. Ese feminismo silencioso podría ser el factor decisivo en el futuro del movimiento. Porque los movimientos sociales suelen romperse cuando se radicalizan demasiado.
La historia está llena de ejemplos.

La Revolución Francesa terminó devorándose a sí misma. Los movimientos estudiantiles de los años sesenta se fragmentaron en tribus ideológicas. Incluso los grandes sindicatos del siglo XX terminaron divididos por sus propias corrientes internas. No sería extraño que algo similar ocurra aquí.
Ahora bien, conviene no perder de vista algo fundamental. Detrás de las consignas hay historias reales. Madres que buscan hijas desaparecidas. Familias que siguen esperando justicia. Hermanas que no olvidan. Ese dolor es el combustible moral del movimiento. Y mientras ese dolor exista —y lamentablemente existe— el reclamo seguirá presente.
Cuando un movimiento entra en su segunda etapa. Todo movimiento social atraviesa etapas. Primero aparece la indignación. Después la movilización. Y finalmente llega la discusión interna: ¿hacia dónde vamos ahora?
Ese es el momento que el feminismo parece estar viviendo hoy. Una parte quiere radicalizar el discurso. Otra quiere ampliarlo. Y una tercera —quizá la mayoría silenciosa— todavía no decide. Pero lo que está claro es que el movimiento ya no es monolítico. Y cuando una causa deja de ser monolítica, algo cambia inevitablemente.

La pregunta incómoda no es si el feminismo está dividido. Eso ya es evidente. La verdadera pregunta es otra: ¿la radicalización fortalecerá la causa… o terminará alejando a la sociedad que pretende convencer?
Porque hay una lección histórica que rara vez falla: los movimientos que se convierten en trincheras ideológicas suelen perder el apoyo de la gente común. Y sin la gente común, ningún movimiento social llega demasiado lejos. Así que sí. El feminismo marcha. Pero también se está discutiendo a sí mismo. Y en esa discusión —más que en las marchas— se está definiendo su futuro.
Y ahí, El Meollo del Asunto.