Por: Daniel Valles.
El T-MEC no está muerto. Tampoco está sano. Está sentado en la mesa de negociaciones mientras Donald Trump mueve los cubiertos y recuerda a todos que la cuenta, según él, la están pagando los Estados Unidos.
Mañana, 19 de agosto, tendremos una señal particularmente importante para saber hasta dónde está dispuesto a llegar Washington. El protagonista inmediato no será México, sino Canadá. Pero sería un grave error mexicano mirar hacia el norte y pensar que se trata de pleito ajeno.
Estados Unidos ha amenazado con imponer aranceles de hasta 50{f038d559036ee31de1f152082c307599a6975b853714c7bade5114d3bbde0182} a alrededor de 20 mil millones de dólares en productos canadienses si Ottawa y Washington no alcanzan un acuerdo. Las negociaciones continuaban este fin de semana, pero el ministro canadiense Dominic LeBlanc reconoció que las partes permanecían considerablemente alejadas.

¿Por qué debe importarnos?
Porque Canadá es nuestro socio en el mismo tratado. Si Washington puede perforar las preferencias comerciales del T-MEC mediante aranceles mientras simultáneamente negocia su revisión, México debe tomar nota. Los tratados sirven precisamente para proporcionar certeza. Un tratado cuya aplicación depende cada mañana del humor arancelario de Washington comienza a parecer menos tratado y más permiso renovable.
México, mientras tanto, ha decidido responder con pragmatismo. Marcelo Ebrard está presionando para reducir o eliminar los aranceles estadounidenses sobre automóviles, acero y aluminio. Pero donde realmente se juega buena parte del futuro industrial mexicano es en las reglas de origen.
Washington pretende que los automóviles tengan mayor contenido específicamente estadounidense. Se ha planteado incluso un piso de 50{f038d559036ee31de1f152082c307599a6975b853714c7bade5114d3bbde0182}. México propone algo sustancialmente diferente: que las partes producidas en México, Estados Unidos y Canadá sean consideradas conjuntamente como contenido norteamericano y que los aranceles castiguen fundamentalmente a los componentes provenientes de fuera de la región.
Parece una discusión para abogados comerciales con insomnio. No lo es.
Una pieza automotriz fabricada en Ciudad Juárez puede ser norteamericana o puede terminar siendo tratada, en los hechos, como menos norteamericana que una producida en Michigan. En esa diferencia caben inversiones, proveedores, expansiones de plantas y miles de empleos.
Ahí está el verdadero pleito.
El T-MEC nació sobre una idea elemental: México, Estados Unidos y Canadá competirían mejor contra el mundo produciendo juntos. Trump está introduciendo otra lógica: Norteamérica sí, pero Estados Unidos primero y, cuando sea posible, Estados Unidos mucho primero.
México intenta preservar la integración regional porque allí está una de sus mayores ventajas económicas. No somos China al otro lado del Pacífico. Compartimos más de tres mil kilómetros de frontera con la mayor economía del planeta y llevamos décadas construyendo cadenas productivas que cruzan esa frontera varias veces antes de que un producto terminado llegue al consumidor.
Ciudad Juárez es quizá uno de los mejores laboratorios para comprobarlo.
Por eso preocupa otro dato: la producción y exportación automotriz mexicana han mostrado debilitamiento en medio de menor demanda estadounidense, aranceles e incertidumbre comercial. Una empresa puede soportar impuestos conocidos. Lo que detesta es no saber cuáles serán las reglas dentro de seis meses.
Y allí aparece el mayor peligro para Chihuahua. No necesitamos que Trump anuncie mañana un arancel contra Juárez para sufrir consecuencias. Basta con que una empresa que estudiaba invertir 200 millones de dólares decida esperar. O que una expansión se traslade a Texas porque nadie sabe cómo quedarán las reglas de origen.
La incertidumbre también cobra impuestos. Sólo que no aparecen publicados en el Diario Oficial.
Mañana Canadá será la prueba.
Si Washington aplica finalmente los aranceles anunciados, tendremos una señal clara de que la Casa Blanca está dispuesta a utilizar medidas comerciales contra sus propios socios aun durante la revisión del T-MEC. Si hay acuerdo, sabremos también algo importante: la amenaza arancelaria continúa funcionando como instrumento de negociación.

México debe observar ambas posibilidades sin discursos triunfalistas ni catastrofismos.
Trump negocia como empresario antes que como diplomático: pide mucho, amenaza más y después cobra lo que puede. México necesita negociar exactamente al revés de como durante décadas hizo buena parte de su política exterior: menos ceremonia, menos fotografía y mucha calculadora.
Porque mañana el problema será Canadá.
Pero pasado mañana podemos ser nosotros.
Y en Ciudad Juárez sabemos perfectamente que cuando Estados Unidos estornuda comercialmente, de este lado de la frontera no sacamos el pañuelo.
Revisamos la nómina. Y eso es, El Meollo del Asunto.