Daniel Valles | 2 de septiembre de 2026
Buenos, vibrantes y potentes discursos de parte de la oposición política a Morena es, hasta ahora, casi todo lo que han podido ofrecer. Y ni siquiera abundan. Son dos o tres legisladores quienes suben a tribuna, sacuden por algunos minutos la modorra parlamentaria y dicen aquello que millones de mexicanos quisieran escuchar. Después, bajan, reciben felicitaciones en redes sociales y todo continúa exactamente igual.
Uno de ellos fue Luis Donaldo Colosio Riojas, senador por Nuevo León, quien el pasado 1 de septiembre se pronunció ante el Congreso con motivo del Segundo Informe de Claudia Sheinbaum. Su discurso fue directo: Morena ha acumulado un poder que no le ha servido para resolver, sino para imponer, controlar y acumular todavía más poder.

La pregunta de Colosio fue sencilla y demoledora: “Si Morena lo ganó todo, entonces, teniéndolo todo, ¿qué han resuelto?”. También cuestionó cuántos años más seguirá el oficialismo culpando al pasado, cuando después de ocho años ya forma parte de ese pasado al que señala.
No le falta razón. Morena controla la titularidad del Poder Ejecutivo federal, gobierna 23 entidades, domina ambas cámaras del Congreso y mantiene mayorías en numerosos congresos locales. Con sus aliados ha impulsado la reforma judicial, la desaparición de organismos autónomos y una transformación institucional cuya característica principal no ha sido el diálogo, sino la obediencia legislativa.
Colosio agregó datos que no pueden despacharse como simple retórica opositora. México se ubicó en el lugar 62 de 70 economías en el Ranking Mundial de Competitividad 2026 del IMD. El país perdió siete posiciones en un solo año y sus mayores rezagos aparecen precisamente en eficiencia gubernamental e infraestructura. No lo inventó el senador: lo documentó el IMD World Competitiveness Center.
El discurso fue bueno. Ricardo Anaya y Alejandro Moreno también lanzaron críticas durante la sesión. Hubo acusaciones de autoritarismo, corrupción, inseguridad y persecución política. Durante algunas horas, el Congreso pareció convertirse en un juicio contra Morena. El problema es que una oposición no se construye pronunciando alegatos como abogado de serie televisiva y esperando que el jurado se conmueva.
Morena entendió algo que sus adversarios todavía parecen estudiar con manual de instrucciones: el poder no se disputa únicamente en la tribuna. Se construye en colonias, municipios, universidades, organizaciones sociales, medios de comunicación y estructuras electorales. Se conserva mediante una narrativa repetida todos los días, no con una intervención brillante cada tres meses.
Mientras Morena ocupa territorio, la oposición ocupa espacios en X. Mientras el oficialismo organiza comités, entrega apoyos y convierte cada programa gubernamental en propaganda, sus adversarios publican fragmentos de discursos acompañados por música épica. Muchos “me gusta”, algunos aplausos y muy pocos votos nuevos.
Los números muestran el tamaño del problema. Una encuesta nacional de julio colocó a Morena con 36.6 por ciento de preferencia; al PAN, con 20; al PRI, con 8.8, y a Movimiento Ciudadano, con 7.7. Otro ejercicio de mayo ubicó a Morena en 38.7 por ciento, muy por encima de cualquiera de sus competidores. Las mediciones pueden variar, pero coinciden en algo: la oposición permanece fragmentada y ninguno de sus partidos constituye, por sí solo, una alternativa nacional.
Y no es únicamente cuestión de alianzas electorales. Juntar logotipos desprestigiados no produce automáticamente credibilidad. A veces sólo forma una colección de problemas. Lo que falta es una causa común, un programa reconocible y legisladores que salgan de la comodidad de sus oficinas para explicar qué defienden y qué proponen.
La oposición dispone de instrumentos: iniciativas, reservas, acciones jurídicas, investigación parlamentaria, fiscalización, comparecencias y presencia territorial. También puede aprovechar las diferencias dentro del bloque gobernante. En marzo de 2026, una reforma política de Sheinbaum naufragó al no conseguir el respaldo necesario de sus propios aliados. La concentración del poder no significa que el oficialismo sea invulnerable; significa que para enfrentarlo se requiere algo más que indignación bien redactada.
El discurso de Colosio señaló correctamente la enfermedad: Morena ha usado su poder para concentrar más poder sin resolver lo esencial. Pero diagnosticar al enfermo no convierte al médico en competente. La oposición también debe explicar qué haría distinto, con quién lo haría y cómo impediría repetir los vicios que ayudaron a Morena a llegar al gobierno.
En una frase: la oposición pronuncia discursos que describen con claridad el deterioro nacional, pero todavía no construye la fuerza política capaz de corregirlo.
Por eso, si continúa reducida a dos o tres voces lúcidas rodeadas por legisladores que observan, calculan y esperan candidatura, nada cambiará. Morena seguirá avanzando no porque tenga siempre la razón, sino porque enfrente encuentra partidos que confunden hablar con actuar y hacerse virales con presencia política.
La retórica puede despertar conciencias, pero no sustituye organización, estrategia ni carácter. Si la oposición no abandona el papel de comentarista de las decisiones de Morena, terminará relatando su propia desaparición. Con excelente dicción, desdeluego. Así es El Meollo del Asunto.