AFINACIÓN.

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Por: Daniel Valles.

En política, cuando una palabra resulta incómoda, no se cambia la realidad: se cambia la palabra. El gobierno federal prepara incrementos fiscales para 2027, pero no piensa llamarlos aumento de impuestos. Tampoco ajuste, porque el término ya comienza a sonar demasiado parecido a lo que verdaderamente significa. Ahora será “afinar” impuestos.

Y como entendedor de música que soy, sé que únicamente se afina aquello que está desafinado. Una guitarra, un piano, una voz o hasta una orquesta legislativa que insiste en tocar siempre la misma melodía: cobrar más mientras asegura que no está cobrando más.

Carol Antonio Altamirano, presidente de la Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados, adelantó que existen propuestas para incrementar el Impuesto Especial sobre Producción y Servicios —IEPS— a bebidas alcohólicas y productos con exceso de sodio, entre ellos frituras, salsas, sopas instantáneas, embutidos y otros alimentos procesados.

Según el legislador de Morena, el Paquete Económico 2027 no incluirá nuevos impuestos ni modificará los gravámenes “estructurales”. Solamente se revisará dónde pueden hacerse algunos afinaciones. Después recordó lo realizado el año pasado con las bebidas azucaradas y afirmó que ahora existen propuestas para “afinar” impuestos.

Ahí está el prodigio lingüístico: el impuesto no nace, solamente se actualiza; no aumenta, se ajusta; y cuando el ajuste comienza a levantar sospechas, se afina. Al contribuyente no le meten la mano al bolsillo: quizá solamente le están corrigiendo la postura fiscal.

La salvedad necesaria es que el Paquete Económico 2027 todavía no ha sido presentado. Hacienda deberá entregarlo a la Cámara de Diputados el 8 de septiembre. Por ahora existen declaraciones, propuestas legislativas y productos claramente colocados sobre la mesa, pero todavía no tasas definitivas ni una reforma aprobada. No obstante, el antecedente permite reconocer la partitura antes de que comience el concierto.

En 2025 sucedió algo semejante con los impuestos aplicables durante 2026. El discurso oficial sostuvo que no habría una reforma fiscal, pero la mayoría legislativa, léase Morena, aprobó incrementos al IEPS de tabacos y bebidas saborizadas; extendió el gravamen a bebidas con edulcorantes, ciertos sueros orales y videojuegos violentos, además de aumentar diversos derechos y servicios gubernamentales.

La reforma al IEPS publicada en el Diario Oficial fijó para las bebidas saborizadas cuotas de 3.0818 pesos por litro cuando contienen azúcares añadidos y de 1.50 pesos cuando utilizan edulcorantes. También estableció un impuesto del 8 por ciento a determinados videojuegos con contenido violento, extremo o para adultos.

No eran impuestos nuevos, dijeron entonces. Sin embargo, aparecieron productos que antes no estaban gravados y aumentaron las cuotas de otros. El contribuyente podrá no comprender las sutilezas semánticas de la Comisión de Hacienda, pero sí entiende perfectamente cuando compra lo mismo y paga más.

Para 2027, el argumento será nuevamente la salud. Es legítimo que el Estado busque reducir el consumo excesivo de alcohol, azúcar o sodio. Lo discutible es utilizar la salud pública como una caja registradora sin demostrar que la recaudación será destinada efectivamente a prevención, tratamiento, educación nutricional o mejoramiento del sistema sanitario.

Los impuestos especiales también pueden modificar hábitos, pero no distinguen entre el rico que compra por abundancia y la familia que adquiere productos procesados porque son baratos, accesibles y duraderos. Si suben las frituras, sopas, salsas, embutidos y enlatados, el golpe llegará primero a las mesas populares. El IEPS tiene discurso médico, pero efectos económicos.

Detrás de esa afinación se encuentra una presión fiscal evidente. El gobierno necesita reducir el déficit, cubrir pensiones, sostener una burocracia costosa y continuar financiando programas sociales convertidos también en su principal capital político. Recaudar más resulta inevitable cuando gastar menos se considera políticamente inconveniente.

Y aquí volvemos a la tesis: como ocurrió en 2025, el gobierno federal se encamina a incrementar impuestos sin llamarlos incrementos. Podrá presentarlos como medidas sanitarias, actualizaciones técnicas o ejercicios de afinación; pero si determinados productos y servicios cuestan más por decisión fiscal, estaremos pagando más impuestos.

En conclusión, el problema no está solamente en cuánto pretende recaudar el gobierno, sino en la manera en que intenta administrar nuestra percepción. Cambiarle el nombre al cobro no reduce el cobro. Una familia no paga el supermercado con eufemismos ni llena la despensa con discursos de salud pública.

Que afinen lo que quieran. Cuando llegue la cuenta, el desafinado seguirá siendo el bolsillo del ciudadano. Ahí está, El Meollo del Asunto.