La “A” olvidada. (Con A de mujer. 3/3)

Por: Daniel Valles.

“Patria se escribe con ‘A’ de mujer”, declaró Claudia Sheinbaum durante la inauguración de un Centro Libre para las Mujeres en Silao, Guanajuato.

No se limitó a pronunciar la frase: la acompañó con una expresión, un tono y una gesticulación que parecían comunicar satisfacción por haber descubierto una especie de contraseña ideológica escondida en el idioma.

Ya analizamos la cara amable de la consigna: un intento de reconocer la aportación femenina. También observamos su otra cara: la apropiación simbólica de una patria construida por mujeres y hombres.

Sin embargo, existe una tercera lectura que quizá la titular del Poder Ejecutivo Federal no tomó en cuenta. La letra “a” no concede superioridad moral.

La “a” puede ser de amor, apoyo, amistad y abnegación. Pero también puede iniciar palabras bastante menos cómodas: abusadora, acosadora, agresora, arrogante y autoritaria.

No porque todas las mujeres lo sean, sino porque ninguna queda exenta de responsabilidad moral por el hecho de ser mujer.

La ideología contemporánea ha construido una representación casi inmaculada de lo femenino. La mujer aparece siempre como víctima, nunca como victimaria; necesariamente solidaria, incapaz de abusar del poder y moralmente superior al hombre.

El hombre, en cambio, debe cargar con la sospecha de ser violento, opresor, privilegiado o beneficiario de algún sistema invisible que trabaja para favorecerlo hasta cuando está desempleado, abandonado o durmiendo debajo de un puente.

Pero la realidad se niega a obedecer el guión.

Hay mujeres admirables y mujeres despreciables, como existen hombres virtuosos y hombres perversos. Ambos pueden amar, proteger, mentir, traicionar, cuidar, acosar, construir o destruir.

La bondad y la maldad no se distribuyen de acuerdo con el sexo. Pretender lo contrario no engrandece a la mujer: la deshumaniza, porque la convierte en una estampita ideológica sin libertad ni responsabilidad moral.

Por eso la frase de Sheinbaumpuede volverse contra su propia intención. Si la “a” de patria pertenece simbólicamente a la mujer, también tendríamos que preguntarnos por la “a” de abuso, acoso, agresión y arrogancia.

No para atribuir esos males colectivamente a las mujeres, sino para recordar que ellas también pueden cometerlos.

La igualdad no consiste solamente en compartir derechos, espacios, presupuestos y reconocimientos. También exige compartir la responsabilidad por los propios actos. Una mujer verdaderamente libre no puede ser tratada como una menor de edad moral, incapaz de hacer daño y siempre exculpada por las circunstancias.

El tono y el lenguaje corporal de Sheinbaumal pronunciar la consigna permiten percibir algo más que un inocente juego de palabras.

Su expresión no pareció invitar a compartir la patria, sino celebrar su adjudicación simbólica a un solo sexo. Puede interpretarse como un gesto de exclusión y hasta de animadversión hacia los hombres, aunque sería irresponsable afirmar que conocemos con certeza su intención interior.

Pero en política las formas también comunican. Un gobernante no sólo transmite mensajes mediante documentos oficiales. También lo hace con silencios, sonrisas, énfasis, ademanes y tonos.

Cuando quien representa al Estado parece disfrutar una expresión que excluye simbólicamente a una parte de la población, esa parte tiene derecho a preguntar si todavía está incluida en el “nosotros” nacional.

Imaginemos nuevamente la escena invertida. Un hombre, desde la titularidad del Poder Ejecutivo Federal, afirma sonriente: “México se escribe con ‘O’ de hombre”. Después levanta la voz, recibe aplausos y celebra la ocurrencia.

Nadie pediría interpretar benévolamente sus gestos. Sería acusado de exhibir desprecio hacia las mujeres, reafirmar el patriarcado y ejercer violencia simbólica.

¿Por qué debemos apagar la capacidad de interpretación cuando el mensaje procede de una mujer y la exclusión parece dirigirse contra los hombres?

Aquí aparece otra “a”: animadversión.

No podemos asegurar que Sheinbaumla sienta personalmente, pero sí podemos advertir que su consigna se integra en un ambiente ideológico donde el hombre es presentado con frecuencia como obstáculo, adversario o culpable colectivo.

El varón deja de ser compañero en la construcción social y se convierte en personaje secundario al que se tolera siempre que permanezca callado y acepte su lugar en el banquillo.

También está la “a” del abortoconvertido en bandera política. No como una tragedia humana que merecería prevención, acompañamiento y reflexión moral, sino como emblema de liberación, aunque para sostenerlo sea necesario negar la humanidady la vulnerabilidad de quien todavía no puede levantar la voz.

Las palabras elegidas por el poder construyen realidades. Si permanentemente se presenta a la mujer como víctima esencial y al hombre como agresor potencial, tarde o temprano la cultura, las instituciones y las políticas públicas comenzarán a tratarlos de esa manera. No por sus actos, sino por su sexo.

Eso sí sería discriminación.

La mujer no necesita que le atribuyan una vocal para acreditar su dignidad. Tampoco necesita que oculten la posibilidad de que pueda abusar, acosar, agredir o actuar con arrogancia.

Reconocer su plena humanidad implica admitir su capacidad para el bien y para el mal. Todo lo demás es propaganda paternalista disfrazada de empoderamiento.

Sheinbaum quiso decir “A” de mujer. Tal vez no calculó que algunos también escucharíamos “A” de animadversión.

Porque la patria no debe pronunciarse con desprecio hacia ninguno de sus hijos. Y quien gobierna está obligado a reunirlos, no a clasificarlos según el sexo. Todo esto está debajo del Ruido, que impide ver claramente, El Meollo del Asunto.

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