La otra cara. (Con “A” de Mujer). 2/3

Escrito por

en

,

Por: Daniel Valles.

“Patria se escribe con ‘A’ de mujer”, afirmó Claudia Sheinbaum durante la inauguración de un Centro Libre para las Mujeres en Silao, Guanajuato.

La expresión puede entenderse como una ocurrencia destinada a reconocer la participación femenina en la construcción del país.

Ésa sería la cara amable de la moneda. Pero toda moneda tiene dos caras, incluso cuando ha sido acuñada en la fábrica de consignas oficiales.

La otra interpretación es bastante menos inocente.

No todo feminismo busca disminuir al hombre. Sería intelectualmente deshonesto colocar bajo una misma etiqueta a todas las mujeres que defienden sus derechos. Muchas han luchado contra injusticias reales y han conseguido avances indispensables.

Sin embargo, también existen corrientes radicales, separatistas y abiertamente misándricas que ya no buscan igualdad jurídica, sino una especie de revancha cultural.

En ellas, el hombre deja de ser una persona responsable de sus propios actos y se convierte en integrante de una clase culpable. No importa lo que haya hecho: nació varón y, por tanto, carga con la sospecha de ser opresor, violento, privilegiado o beneficiario de un sistema diseñado exclusivamente para favorecerlo. Es la antigua culpa colectiva, sólo que ahora usa lenguaje académico y recibe presupuesto público.

Este feminismo radical no necesariamente propone la desaparición física del hombre. Su operación suele ser más sutil: disminuirlo culturalmente, desacreditar su voz, volver sospechosa su masculinidad, reducir la paternidad a una aportación económica y presentar su presencia en la familia, la historia y las instituciones como un problema que debe corregirse.

Al varón se le permite existir, pero bajo vigilancia ideológica y ofreciendo disculpas por haber nacido.

En ese contexto, hay que decir que “patria se escribe con ‘A’ de mujer” ya no parece únicamente un juego de palabras.También puede interpretarse como la apropiación simbólica de algo que pertenece a mujeres y hombres.

La patria deja de presentarse como herencia común y pasa a ser utilizada para otorgar centralidad política a un sexo mientras el otro desaparece discretamente de la fotografía.

La pregunta es inevitable: ¿qué ocurriría si un gobernante dijera que “México se escribe con ‘O’ de hombre”?

No habría explicaciones benevolentes sobre metáforas ni homenajes a la masculinidad. La frase sería denunciada como machista, patriarcal y excluyente.

La Secretaría de las Mujeres, las comisiones legislativas y numerosos colectivos exigirían disculpas. Probablemente algún funcionario descubriría en la letra “o” una nueva modalidad de violencia simbólica.

¿Por qué la misma operación deja de ser discriminatoria cuando cambia el sexo beneficiado?

Ahí aparece la doble vara. Borrar simbólicamente a la mujer es violencia; borrar al hombre es empoderamiento.

Generalizar negativamente sobre las mujeres es misoginia; hacerlo sobre los hombres se presenta como conciencia social.

Crear espacios exclusivos para varones sería discriminación; excluirlos en nombre de la seguridad femenina se considera justicia.

La conducta no cambia: solamente cambia quién recibe el golpe y quién controla el diccionario.

La titular del Poder Ejecutivo Federal no habla como animadora de un colectivo particular. Representa al Estado mexicano y gobierna a mujeres y hombres. Por eso sus palabras tienen un peso distinto.

Puede y debe reconocer las aportaciones históricas de las mujeres, pero no necesita hacerlo apropiándose para ellas de una patria construida también por padres, hijos, esposos, obreros, maestros, campesinos, soldados, empresarios y millones de varones anónimos.

La inclusión verdadera no expulsa a nadie. Cuando para engrandecer a un sexo es necesario empequeñecer al otro, no estamos frente a la igualdad, sino ante la sustitución del favorecido. Cambiar la dirección de la discriminación no la convierte en justicia.

Además, presentar al hombre como adversario natural de la mujer destruye una de las realidades más elementales de la civilización: ambos se necesitan. No solamente para la continuidad biológica, sino para formar familias, transmitir cultura, educar a los hijos y construir comunidades.

La historia humana no es la crónica de dos ejércitos sexuales enfrentados. Es, con todas sus imperfecciones, una obra compartida.

La mujer no necesita apropiarse de la patria para demostrar su importancia. Su lugar está acreditado por su trabajo, inteligencia, sacrificio y aportaciones. Tampoco el hombre debe ser borrado para que ella pueda aparecer.

La dignidad no es un pastel del que deba retirarse una rebanada a alguien para alimentar al otro.

La frase de Sheinbaum puede ser solamente una consigna torpe. Pero también refleja un ambiente cultural en el que disminuir al hombre comienza a aceptarse como un acto de reparación.

Conviene mirar ambas posibilidades, porque las palabras pronunciadas desde el poder no solamente describen la realidad: también ayudan a construirla.

Patria termina en “a”, pero no pertenece exclusivamente a la mujer. Pertenece a quienes la aman, la trabajan, la defienden y responden por ella. Mujeres y hombres.

Lo demás es propaganda con perspectiva de revancha. Así El Meollo del Asunto