Con “A” de mujer.

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Por: Daniel Valles.

“Porque patria se escribe con ‘A’ de mujer”, declaró Claudia Sheinbaum durante la inauguración de un Centro Libre para las Mujeres en Silao, Guanajuato.

La frase fue celebrada como una expresión de reconocimiento femenino y reproducida como si la titular del Poder Ejecutivo Federal hubiera descubierto una verdad escondida durante siglos entre las páginas del diccionario.

La intención puede comprenderse. El escenario estaba dedicado a las mujeres y Sheinbaum buscaba una frase breve, emotiva y fácilmente reproducible. El problema comienza cuando una ocurrencia de templete pretende pasar por argumento histórico, lingüístico o filosófico.

Una consigna no se convierte en verdad por recibir aplausos.

Patria termina en “a”. Eso es indiscutible. Pero también terminan así palabras como problema, sistema, mapa y poeta, sin que por ello sean mujeres.

La palabra mujer, por cierto, no termina en “a”. Según la lógica presidencial, la propia mujer habría cometido la incorrección ideológica de no escribirse con “a” de mujer.

La lengua española distingue entre género gramatical y sexo.

Una mesa no es mujer, un sillón no es hombre y el mar no necesita someterse a una cirugía lingüística para adquirir identidad. Las palabras tienen origen, evolución y significado; no poseen cromosomas ni credencial partidista.

Patria procede del latín patria, relacionada con pater: padre. Se refiere a la tierra de los padres, entendidos como antepasados. No es una finca exclusiva de los varones ni una negación de las mujeres. Es la herencia común recibida de quienes estuvieron antes que nosotros: madres y padres, mujeres y hombres, héroes conocidos y millones de personas anónimas.

La patria no tiene sexo. Tiene historia, territorio, cultura, lengua, memoria, leyes, heridas, victorias, derrotas, héroes, traidores y, para que nada falte, también gobernantes aficionados a las frases publicitarias.

Si la “a” de patria es “de mujer”, tendríamos que aplicar el mismo criterio a violencia, injusticia, tragedia, tiranía y corrupción.

Nadie sensato diría que esos males pertenecen a las mujeres porque terminan con la misma letra. La “a” solamente adquiere sexo cuando conviene a la propaganda; cuando la conclusión resulta incómoda, recupera milagrosamente su condición de simple vocal.

Estamos frente a un paralogismo:una conclusión que parece ingeniosa, pero no se desprende de su premisa.

Patria termina en “a”; mujer es un sustantivo femenino;por consiguiente, la “a” de patria representa a la mujer. Bonito para una pancarta, defectuoso para el pensamiento.

Lo verdaderamente preocupante no es una frase desafortunada. Cualquiera puede pronunciar una. El problema es la costumbre del poder de intervenir hasta en el idioma para repartir certificados de inclusión.

Hoy se apropia de una vocal; mañana modifica conceptos y pasado mañana pretende determinar qué palabras pueden decirse, cuáles deben ocultarse y qué significado debemos aceptar.

Las mujeres mexicanas no necesitan que el gobierno les regale la última letra de patria. Han construido la nación trabajando, enseñando, investigando, gobernando, criando hijos, sosteniendo hogares, abriendo empresas, cultivando la tierra y defendiendo sus convicciones.

Su dignidad no depende de una vocal ni de una consigna pronunciada desde un templete.

Necesitan seguridad para regresar vivas a casa; justicia cuando son víctimas de un delito; servicios de salud suficientes; condiciones para estudiar, trabajar y emprender.

Necesitan autoridades eficaces, no prestidigitadores gramaticales que saquen una “a” del sombrero y la presenten como política pública.

Sheinbaum pudo afirmar que la patria también fue construida por mujeres. Habría dicho una verdad histórica, justa y suficiente. En cambio, convirtió una terminación gramatical en insignia ideológica. Tal vez consiguió una frase viral, pero no todo lo viral es inteligente; también los estornudos se propagan con facilidad.

La mujer merece mucho más que una vocal utilizada como propaganda. Y la patria merece mucho más que una ocurrencia.

La gramática no necesita perspectiva de género. El gobierno necesita perspectiva de realidad. Ahí está, El Meollo del Asunto.

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