CONTRASTES.

Por: Daniel Valles.

El campeonato mundial de futbol que acabamos de ver nos dejó recuerdos muy variados. Goles extraordinarios, derrotas dolorosas, jugadores convertidos en héroes nacionales y millones de aficionados comportándose durante algunas semanas como si la pelota tuviera la capacidad de arreglar el mundo.

No la tiene. Pero ayuda.

México se emocionó con su selección de una manera que mostró la enorme necesidad que tenía el país, no solamente de un distractor, sino de una catarsis. Los mexicanos necesitaban gritar por algo que no fuera un asesinato, una desaparición, una extorsión o una nueva desgracia nacional. Necesitaban abrazarse sin estar en un funeral. Necesitaban reunirse sin que el motivo fuera una protesta o la búsqueda de algún familiar desaparecido.

Los años de violencia están sobre nosotros. Son reales, aunque desde el poder se acomoden las cifras, se rebauticen los problemas y se administren eufemismos como si cambiarle el nombre a una tragedia lograra desaparecerla. Ahí están Zacatecas, Colima, Sinaloa y tantas regiones donde la delincuencia no necesita conferencia de prensa para demostrar quién manda.

A eso se agregan las acusaciones provenientes de Estados Unidos contra políticos mexicanos presuntamente vinculados con la corrupción y el narcotráfico, la incertidumbre alrededor del T-MEC, la deuda, Pemex, los apagones, los descarrilamientos ferroviarios y esa costumbre gubernamental de declarar que todo marcha estupendamente mientras el ciudadano revisa si todavía conserva la cartera.

Ese fue el primer contraste: el discurso oficial sobre la felicidad del pueblo frente a una sociedad necesitada de liberar la presión acumulada en la mente, en el cuerpo y hasta en el alma. El Mundial permitió hacerlo. Durante algunos días el país cambió los partes policiacos por las alineaciones y los nombres de los cárteles por los de los delanteros. No solucionó nada, pero por lo menos nos permitió respirar.

El segundo contraste fue mucho más profundo.

Durante la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de París 2024 se presentaron imágenes, personajes y simbolismos relacionados con la mitología griega, particularmente con Dionisio, dios del vino y de la celebración desbordada. Los organizadores aseguraron que aquella escena no buscaba representar la Última Cena, aunque la composición provocó indignación entre numerosos cristianos y obligó al comité organizador a ofrecer disculpas por la ofensa causada.

No fue, por tanto, una imaginación colectiva. La ceremonia estuvo deliberadamente impregnada de referencias paganas, cuerpos, excesos, ambigüedades y una estética que algunos calificaron como arte, otros como diversidad y muchos más como una provocación. París presentó a los dioses antiguos con la solemnidad reservada a las grandes causas contemporáneas. Dionisio tuvo derecho de piso. El Dios cristiano, en cambio, apareció indirectamente para ser motivo de polémica.

El Mundial mostró otra cosa.

No fue una campaña evangelística ni una reunión religiosa. Nadie repartió himnarios en las tribunas ni suspendió un penal para levantar una ofrenda. Simplemente ocurrió algo que en buena parte del mundo occidental se había vuelto sospechoso: hombres y mujeres expresaron públicamente su fe cristiana sin pedir disculpas.

El entrenador de la selección española, Luis de la Fuente, nunca escondió sus convicciones. Desde antes del Mundial había hablado claramente de su fe, de la oración y de la importancia de Dios en su vida. Cuando fue cuestionado por persignarse antes de los partidos, respondió que no era superstición, sino fe. También declaró que sin Dios nada en la vida tiene sentido.

De la Fuente no presentó esas convicciones como una estrategia motivacional. No dijo que Dios fuera el auxiliar técnico ni que el Espíritu Santo diseñara las jugadas a balón parado. Habló de la fe como fundamento de su vida, de su carácter y de su manera de relacionarse con los jugadores.

Esa coherencia también marcó el estilo de la selección española. Su liderazgo se construyó alrededor de la unidad, la confianza y una idea de familia dentro del vestidor. No todo eso procede necesariamente de una doctrina religiosa, desde luego, pero coincide con la manera en que el propio entrenador entiende la autoridad: menos espectáculo, menos discursos huecos y más ejemplo personal.

También algunos jugadores expresaron su fe con naturalidad. Hubo oraciones, agradecimientos a Dios, señales de la cruz y declaraciones que no fueron escondidas detrás de frases prefabricadas por algún especialista en relaciones públicas. No pretendían imponer sus convicciones. Simplemente se negaron a ocultarlas.

Después llegó Justin Bieber.

Durante el espectáculo posterior a la final interpretó una canción con un marcado contenido espiritual. “Halleluya”, Miles de personas lo acompañaron. El estadio cantó, escuchó y aplaudió. No fue una ceremonia litúrgica, pero el sentimiento espiritual resultó evidente. En medio de uno de los escenarios más comerciales, costosos y vigilados del planeta, una canción con referencias cristianas fue recibida sin rechazo masivo y con una respuesta colectiva que difícilmente puede calificarse como indiferente.

Ahí está el verdadero contraste.

En París se abrió la puerta a Dionisio y sus bacanales como una representación de libertad artística. En el Mundialse abrió, quizá sin que los organizadores comprendieran completamente su alcance, un espacio para hablar del Dios cristiano sin burla, sin censura y sin vergüenza.

Y entonces aparece la contradicción de nuestro tiempo.

La cultura contemporánea presume tolerancia hacia todos los credos, espiritualidades, identidades y sistemas simbólicos. Aceptalos dioses griegos, los rituales orientales, el esoterismo, los horóscopos, las energías, los cuarzos, la meditación sin objeto y hasta la conversación con el universo, que debe tener una agenda verdaderamente complicada atendiendo tantas solicitudes.

Pero cuando alguien menciona públicamente al Dios del cristianismo, ciertos guardianes de la modernidad sufren urticaria intelectual.

No es que hayan desaparecido las creencias. Cambiaron de nombre. Al hombre moderno le incomoda que le hablen de religión, pero consulta el horóscopo; rechaza la oración, pero le pide cosas al universo; considera irracional la fe cristiana, pero cree que una piedra colocada debajo de la almohada modificará su energía.

El problema, entonces, nunca fue creer.

El problema fue decidir en qué se permite creer.

Durante los siglos XIX y XX, distintas corrientes filosóficas anunciaron el retroceso inevitable de la religión. Marx la consideró un instrumento de alienación. Freud la presentó como una ilusión nacida de las necesidades psicológicas. Nietzsche anunció la muerte de Dios y advirtió, con mucha mayor honestidad que algunos de sus seguidores, que esa muerte provocaría consecuencias morales enormes.

En el siglo XX, Sartre y otras corrientes existencialistas intentaron construir una explicación del ser humano sin referencia a una trascendencia divina. Después llegaron los teóricos sociales que supusieron que el avance de la ciencia, la educación y la prosperidad convertiría a la religión en una pieza de museo.

Pero la historia no obedeció el guion.

En algunas sociedades disminuyó la asistencia a los templos y las instituciones religiosas perdieron influencia. Sin embargo, la secularización no eliminó las preguntas que dieron origen a la religión.

La ciencia puede explicar cómo funciona el cuerpo, pero no puede decidir para qué debe vivir una persona. La tecnologíapuede prolongar la existencia, pero no explicar su propósito. La economíapuede medir el precio de las cosas, pero no su valor. La política puede organizar la convivencia, aunque últimamente se empeñe en desorganizarla, pero no puede responder qué existe después de la muerte.

Las grandes interrogantes siguen intactas.

¿Quién soy? ¿De dónde procede la dignidad humana? ¿Por qué existe el mal?

¿Qué sentido tiene el sufrimiento? ¿Por qué debemos hacer el bien cuando hacerlo nos perjudica? ¿Qué hay después de la muerte?

Estas preguntas acompañaron a los egipcios, a los griegos, a los hebreos, a los romanos, a los pueblos mesoamericanos y a todas las grandes civilizaciones. La religión no fue un accesorio colocado sobre la cultura. Fue uno de sus cimientos.

C. S. Lewis sostuvo que la experiencia humana apunta hacia deseos que el mundo material no logra satisfacer completamente. Alexis de Tocqueville observó que la religión proporcionaba límites morales indispensables para la libertad política. Aleksandr Solzhenitsynadvirtió que una civilización que olvida a Dios termina perdiendo también una parte esencial de su conciencia.

Roger Scruton, por su parte, entendió que las sociedades no se mantienen unidas únicamente mediante contratos, leyes y derechos individuales. Requieren lealtades, sacrificios, pertenencia y una concepción de lo sagrado. Sin eso, la comunidad se convierte en una colección de consumidores que comparten territorio, pero no destino.

Sin embargo, hay algo más que los profetas de la secularización no anticiparon completamente. Cuando una sociedad abandona una religión, rara vez abandona la necesidad de creer. Generalmente sustituye una fe por otra. Europa no dejó de creer; cambió el objeto de sus creencias. Donde antes había trascendencia, aparecieron ideologías.Donde antes había dogmas religiosos, aparecieron dogmas políticos. Donde antes existían herejías, comenzaron a existir cancelaciones. El ser humano sigue buscando causas por las cuales vivir, luchar y hasta sacrificarlo todo.

Nada de esto significa que todos deban profesar la misma fe ni que el Estado deba imponer una religión. La libertad religiosa implica precisamente la posibilidad de creer, no creer, cambiar de religión y manifestar públicamente las convicciones personales.

Pero la libertad no puede funcionar con una puerta giratoria: abierta para Dionisio, cerrada para Cristo; amplia para el esoterismo, estrecha para la Biblia; tolerante con todos los dioses, excepto con ese Dios.

El Mundial mostró que la fe cristiana continúa viva.No sólo en templos ni en pequeñas comunidades alejadas del mundo moderno, sino entre deportistas de élite, entrenadores, artistas y multitudes reunidas en uno de los mayores acontecimientos mediáticos de nuestro tiempo.

No hubo imposición. Hubo expresión.

No hubo persecución contra quien pensaba distinto. Hubo libertad para hablar.

Y eso es lo que algunos sectores parecen haber olvidado: la libertad religiosa no consiste únicamente en permitir que una persona crea en silencio. Consiste en reconocer su derecho a vivir, expresar y compartir sus convicciones dentro del espacio público, mientras respete los derechos de los demás.

Tal vez el Mundial no marcó un resurgimiento religioso. Sería aventurado afirmarlo. Pero sí mostró que la fe que algunos declararon muerta continúa respirando. Los pensadores que pretendieron cancelarla lograron debilitar instituciones, modificar costumbres y expulsar ciertos símbolos del espacio público. Lo que no pudieron hacer fue borrar del corazón humano la necesidad de trascendencia.

París veneró, artísticamente dicen, a los dioses antiguos.

El Mundial permitió que se hablara nuevamente de eseDios al que buena parte de la cultura contemporánea quisiera mantener fuera del estadio, de la escuela, de la política, de los medios y, de ser posible, hasta de la conversación.

Pero Dios volvió a ser mencionado.

Y lo más incómodo para sus enterradores fue descubrir que millones todavía conocían la canción. Y ese es, El Meollo del Asunto.