Por: Daniel Valles.
Ciudad Juárez conoce bien la palabra violencia. La ha visto en las calles, en los periódicos, en las estadísticas y, tristemente, en demasiados hogares. Sin embargo, detrás de muchos de los problemas que hoy preocupan a maestros, policías, psicólogos y padres de familia, existe una realidad menos visible, pero quizá más profunda: la orfandad con padres vivos.
No hablamos de niños abandonados en sentido legal. Hablamos de hijos cuyos padres siguen ahí, bajo el mismo techo o al menos presentes en los documentos oficiales, pero ausentes en la práctica. Padres y madres que proveen alimento, techo, internet, ropa y escuela, pero que por distintas razones han dejado de acompañar, supervisar, orientar y corregir.

Las autoridades educativas y de seguridad en Ciudad Juárez han comenzado a observar una constante preocupante. Detrás del consumo de drogas, los vapeadores, el wax, las amenazas en redes sociales, los retos virales, el acoso escolar e incluso la portación de armas blancas por parte de adolescentes, aparece una misma variable: la falta de supervisión familiar.
El coordinador del Grupo de Orientación Escolar Chihuahuense, Salvador Fierro Díaz, lo resumió con una expresión tan sencilla como contundente: alumnos que tienen padre y madre, pero crecen sin atención suficiente.
La observación merece atención porque apunta directamente al origen del problema. El vapeador no es el problema principal. La droga tampoco. Ni siquiera las amenazas en redes sociales. Esos son síntomas. El problema real aparece mucho antes, cuando la familia deja vacíos espacios fundamentales de formación.
Durante siglos, la familia fue la institución civilizadora por excelencia. Antes que la escuela, antes que el gobierno y mucho antes que internet, eran los padres quienes enseñaban disciplina, responsabilidad, autocontrol y convivencia. La familia era la primera escuela y la primera autoridad. Cuando esa función se debilitaba, toda la comunidad terminaba pagando las consecuencias.
Eso sigue ocurriendo.
En una ciudad industrial como Juárez existe una realidad que no puede ignorarse. Miles de padres trabajan jornadas extensas, horarios rotativos o incluso dos empleos para sostener económicamente a sus familias. No siempre existe indiferencia. Muchas veces existe agotamiento. Sin embargo, la

consecuencia práctica sigue siendo la misma: adolescentes que pasan largas horas sin supervisión adulta.
A ello se suman separaciones, divorcios, conflictos familiares y hogares donde alguno de los padres simplemente desaparece emocionalmente de la vida de sus hijos. Está presente físicamente, pero ausente en todo lo demás.
Y entonces aparece el sustituto perfecto: la pantalla.
El teléfono inteligente se convirtió en niñera, consejero, maestro, compañero de juegos y proveedor de identidad. Muchos adolescentes pasan más tiempo escuchando algoritmos que escuchando a sus propios padres. Y los algoritmos tienen una característica interesante: saben captar la atención, pero no tienen ningún interés en formar el carácter.
El resultado comienza a verse en las escuelas.
La autoridad puede impartir conferencias. La policía puede revisar mochilas. Los gobiernos pueden crear programas con nombres largos y presupuestos todavía más largos. Pero ninguna institución puede sustituir la conversación de una madre con su hijo. Ninguna dependencia gubernamental puede reemplazar la autoridad cotidiana de un padre involucrado.
La prevención auténtica sigue ocurriendo en casa. En la mesa. En la convivencia diaria. En las preguntas incómodas. En los límites claros. En el conocimiento de los amigos. En saber dónde están los hijos, qué consumen, qué piensan y qué les preocupa.
Por eso resulta curioso observar cómo muchas veces esperamos soluciones políticas para problemas que son esencialmente familiares. Como si una nueva oficina gubernamental pudiera fabricar el afecto. Como si una campaña publicitaria pudiera sustituir la presencia.
No puede.
La familia sigue siendo el lugar donde las personas aprenden a vivir con otros, a respetar reglas, a postergar gratificaciones y a asumir responsabilidades. Cuando esa formación desaparece, alguien más ocupa el espacio. La calle. Las redes sociales. Los vendedores de droga. Los grupos de presión. O cualquier persona dispuesta a ofrecer aceptación a cambio de influencia.
La solución tampoco parece misteriosa. Menos pantallas y más conversación. Menos aislamiento y más convivencia. Menos delegar la educación al teléfono y más recuperar el liderazgo dentro del hogar. No se requiere una ley nueva para eso. Tampoco una reforma constitucional. Mucho menos una conferencia mañanera.

Se requiere algo mucho más difícil: tiempo, disciplina y presencia. Porque al final, la gran pregunta no es qué harán las autoridades.
La pregunta es qué estamos dejando de hacer nosotros. Y esa respuesta, para bien o para mal, no se encuentra en Palacio Nacional, ni en el Congreso, ni en las oficinas gubernamentales. Se encuentra frente al espejo y dentro de cada hogar. Ahí está pues, El Meollo del Asunto