Ciberacoso en Ciudad Juárez.

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Por: Daniel Valles.

Durante muchos años los padres de familia tenían una preocupación relativamente sencilla: saber dónde estaban sus hijos. Hoy la pregunta es mucho más complicada. Importa con quién hablan, qué consumen, qué comparten y quién puede estar manipulándolos desde cualquier parte del mundo. La calle ya no empieza en la esquina. Empieza en la pantalla del teléfono.

La reciente alerta difundida en Ciudad Juárez sobre los llamados grupos “hormo” debe tomarse con absoluta seriedad. Se trata de grupos que operan principalmente mediante WhatsApp y Telegram donde se promueve el intercambio de fotografías y videos íntimos entre adolescentes y jóvenes. Lo que para algunos comienza como curiosidad, presión social o juego, puede terminar en extorsión, humillación pública o explotación sexual.

La Policía Cibernética de Chihuahua informó que solamente entre enero y junio de 2026 atendió 161 reportes relacionados con violencia digital: 74 casos de sexting (envío de fotografías videos o audios de contenido sexual o íntimo mediante teléfonos celulares, redes sociales) y 87 de sextorsión, que es una forma de extorsión sexual. Ocurre cuando una persona amenaza a otra con publicar, compartir o difundir imágenes, videos o información íntima para obligarla a hacer algo que no desea. . Son apenas los casos denunciados. Como sucede con muchos delitos, existe una cifra negra considerable. Miles de adolescentes prefieren guardar silencio por miedo, vergüenza o temor a ser castigados por sus propios padres.

Las cifras nacionales tampoco son tranquilizadoras. Diversos estudios muestran que aproximadamente uno de cada cuatro adolescentes mexicanos usuarios de internet ha experimentado alguna forma de ciberacoso. Esto significa que en prácticamente cualquier salón de secundaria o preparatoria existe alguien que ha sido víctima, agresor o espectador del problema.

Las consecuencias son mucho más graves de lo que suelen creer los adultos. El daño no termina cuando se apaga el teléfono. Ansiedad, depresión, aislamiento social, bajo rendimiento escolar, conflictos familiares y pensamientos suicidas forman parte de los efectos documentados por especialistas. Cuando una fotografía íntima se difunde, cuando un grupo entero ridiculiza a una persona o cuando una amenaza de publicación se convierte en herramienta de chantaje, la víctima puede sentirse atrapada permanentemente.

En Ciudad Juárez el fenómeno adquiere una dimensión todavía más preocupante. La ciudad lleva décadas enfrentando problemas de adicciones, violencia, desintegración familiar y crisis de salud mental entre adolescentes. El ciberacoso no aparece aislado. Se suma a una serie de factores que ya colocan a muchos jóvenes en situaciones de vulnerabilidad emocional. Un adolescente que vive soledad, abandono o falta de supervisión tiene más probabilidades de convertirse en víctima de manipulación digital.

Pero también conviene preguntarse quiénes son los agresores. Muchas veces son otros adolescentes. Otras, adultos que se hacen pasar por menores. En algunos casos existen grupos organizados que buscan material para extorsionar o explotar sexualmente a las víctimas. La imagen romántica de que detrás de cada pantalla hay solamente otro joven inocente hace tiempo dejó de corresponder con la realidad.

Aquí aparece una pregunta incómoda: ¿estamos frente a un exceso de libertad? La respuesta correcta es no. El problema no es la libertad. El problema es la libertad sin responsabilidad, sin formación y sin supervisión. Entregar un teléfono con acceso ilimitado a internet a un menor sin acompañamiento es parecido a dejarlo solo en una ciudad desconocida y esperar que todo salga bien.

Las redes sociales han creado además una cultura donde la validación personal depende cada vez más de los “likes”, los seguidores y la aprobación de desconocidos. La presión por exhibirse, llamar la atención o pertenecer a determinados grupos puede llevar a muchos adolescentes a compartir contenido que jamás habrían mostrado en otro contexto. No es únicamente un problema tecnológico. Es un problema cultural.

¿Qué pueden hacer las familias? Hablar del tema antes de que aparezca el problema. Establecer reglas claras sobre el uso de dispositivos. Generar confianza para que los hijos pidan ayuda sin miedo. Supervisar responsablemente la actividad digital. Enseñar que ninguna fotografía desaparece por completo de internet y que cualquier contenido compartido puede terminar fuera de control.

Las generaciones anteriores advertían a sus hijos sobre los peligros de la calle. Hoy la calle también cabe dentro del bolsillo. Ni la prohibición absoluta funciona ni la libertad absoluta educa. La respuesta sigue siendo la misma que ha funcionado durante siglos: padres presentes, reglas claras, comunicación abierta y adultos dispuestos a ejercer la responsabilidad de educar.

Porque el verdadero peligro no es el teléfono. El verdadero peligro es creer que nuestros hijos están seguros simplemente porque están dentro de casa. Y eso es, El Meollo del Asunto.