¿Qué pecados hemos cometido en México?

Escrito por

en

Por: Daniel Valles.

¿Qué pecados hemos cometido en México para merecer el gobierno que tenemos?

Esta pregunta la hizo mi colega y amigo, Ángel Verdugo, hace unos cuantos días en su comentario titulado: “La Mañanera de Ángel”, 6/6/26.

Al ver el encabezado, me brotó la respuesta a su pregunta. Me comuniqué con Ángel y le dije, la escribiré.

Cada cierto tiempo los mexicanos nos hacemos la misma pregunta: ¿qué hicimos para merecer el gobierno que tenemos? La respuesta suele dirigirse hacia el partido en turno, hacia un presidente, un gobernador o un alcalde. Sin embargo, tal vez la pregunta debería formularse de otra manera. Porque el problema no comenzó con este gobierno ni con el anterior. Tampoco nació en una sola elección. Lo que vemos hoy es el resultado de hábitos, costumbres y conductas que hemos cultivado durante décadas. Después de todo, los gobiernos suelen parecerse mucho a las sociedades que los producen.

Nos gusta pensar que los problemas nacionales son responsabilidad exclusiva de quienes ocupan el poder. Es una idea cómoda porque nos libera de toda culpa. Sin embargo, resulta difícil sostenerla cuando observamos ciertas conductas que forman parte de la vida cotidiana. Durante años hemos convivido con la indiferencia. Vemos noticias sobre desaparecidos, fosas clandestinas, corrupción, violencia o desabasto de medicamentos, nos indignamos unos minutos y continuamos con nuestra rutina. Hemos aprendido a convivir con el deterioro como si fuera parte natural del paisaje. El poder entiende perfectamente ese mensaje: cuando una sociedad deja pasar una injusticia sin consecuencias, el gobierno descubre que puede repetirla.

A esa indiferencia se suma otro rasgo profundamente arraigado: el individualismo. El famoso “mientras no me afecte”. Es la filosofía nacional del “yo no me meto en política”, del “cada quien que resuelva sus problemas”, del “mientras mi familia esté bien, lo demás no es asunto mío”. Lo vemos en quien observa una injusticia y decide no denunciarla porque no fue la víctima, en quien presencia un abuso de autoridad y prefiere mirar hacia otro lado para evitar complicaciones. Una nación no puede construirse cuando cada ciudadano vive encerrado en su propia isla. Lo público termina abandonado y el poder opera sin vigilancia.

También nos gusta hablar de la corrupción como si fuera una enfermedad exclusiva de los políticos. Señalamos los grandes escándalos, los desvíos millonarios y los abusos de quienes gobiernan, pero rara vez miramos la corrupción que habita en la vida cotidiana. La mordida al agente de tránsito, el favor conseguido por influencias, el trámite acelerado por debajo de la mesa, el lugar apartado con un bote o el “cómo nos arreglamos”. Durante años hemos condenado la corrupción de arriba mientras justificamos la de abajo. La verdad es incómoda, pero no por ello deja de ser cierta: la corrupción gubernamental prospera porque una parte importante de la sociedad la considera aceptable cuando le resulta conveniente.

Sin embargo, existe un pecado moderno que quizá explique muchos de los demás: la ignorancia voluntaria. No hablo de la falta de educación formal. Hablo de la renuncia consciente a informarse y a pensar. Vivimos en la época con mayor acceso a información en toda la historia humana, pero también en una época donde millones de personas toman decisiones políticas basadas en emociones, consignas, videos de treinta segundos o simpatías personales. Dejamos de estudiar propuestas para seguir personajes. Dejamos de analizar argumentos para consumir propaganda. Convertimos la política en entretenimiento y luego nos sorprendemos cuando el espectáculo sustituye al gobierno. Cuando el ciudadano renuncia al juicio crítico, inevitablemente alguien más termina pensando por él.

A esto habría que añadir una especialidad particularmente mexicana: la simulación. Simulamos combatir la corrupción, simulamos educar, simulamos transparentar, simulamos evaluar y, en ocasiones, simulamos gobernar. Se producen informes, estadísticas, campañas, reuniones y discursos que generan la apariencia de trabajo, aunque los resultados reales sean escasos. Durante años hemos confundido actividad con eficacia y burocracia con soluciones. Una sociedad acostumbrada a las apariencias termina construyendo instituciones igualmente aparentadoras.

Tampoco puede ignorarse la cultura de dependencia que hemos desarrollado frente al Estado. Durante generaciones aprendimos a esperar que el gobierno resolviera nuestros problemas, nos protegiera, nos mantuviera o nos indicara qué hacer. Poco a poco dejamos de vernos como ciudadanos responsables de la vida pública para convertirnos en beneficiarios permanentes de ella. La diferencia es enorme. El ciudadano libre exige cuentas. El ciudadano dependiente agradece favores. Y cualquier gobierno prefiere tratar con ciudadanos agradecidos antes que con ciudadanos exigentes.

Nada de esto apareció de la noche a la mañana. Son hábitos que vienen de lejos. Durante generaciones aprendimos que acercarse al poder era más rentable que fortalecer instituciones, que conseguir un padrino era más útil que respetar reglas, que la lealtad personal valía más que la competencia profesional. Cambiaron los partidos, cambiaron los colores, cambiaron los discursos, pero muchas de esas costumbres permanecieron intactas. Por eso algunos problemas sobreviven sexenio tras sexenio. No son únicamente problemas políticos; son problemas culturales.

Q

uizá por eso la pregunta importante ya no sea qué gobierno merecemos. Tal vez la pregunta correcta sea qué tipo de sociedad estamos construyendo. Porque los gobiernos no aparecen por generación espontánea. Surgen de los valores que premiamos, de las conductas que toleramos y de las decisiones que tomamos todos los días. Si queremos instituciones más honestas, tendremos que empezar por ser más honestos. Si queremos gobiernos más responsables, tendremos que convertirnos en ciudadanos más responsables. Y si aspiramos a una democracia mejor, tendremos que abandonar la comodidad de culpar siempre a otros.

Quizá el verdadero problema no sea que tenemos malos gobiernos. Quizá el problema sea que llevamos demasiado tiempo produciéndolos. Porque las naciones terminan pareciéndose a aquello que toleran, a aquello que justifican y, sobre todo, a las mentiras que se cuentan a sí mismas. La pregunta ya no es qué pecados hemos cometido para merecer el gobierno que tenemos.

La pregunta es cuáles estamos dispuestos a seguir cometiendo. En la respuesta encontramos, El Meollo del Asunto.