Por: Daniel Valles.
El problema no es el anuncio. Es la historia.
Cada sexenio, sin falta, llega con su versión reciclada del mismo discurso: “vamos a simplificar”, “vamos a digitalizar”, “vamos a destrabar”. Y el ciudadano —y sobre todo el inversionista— ya no aplaude. Observa. Y duda.
E

l llamado “Plan México” no es la excepción. Sobre el papel, suena impecable: menos trámites, procesos digitales y tiempos máximos de respuesta. Es decir, lo mínimo indispensable para que una economía funcione sin que la burocracia sea un obstáculo.
Pero aquí viene el primer golpe de realidad: si un gobierno tiene que anunciar que va a simplificar, es porque reconoce que el sistema estaba diseñado para complicar.
Así de claro.
La administración encabezada por Claudia Sheinbaum, con Marcelo Ebrard como operador económico, plantea eliminar “cuellos de botella” para acelerar la inversión. El diagnóstico no es equivocado. México sí tiene un problema de trámites. Pero ese no es el problema de fondo.
El problema es la desconfianza.
Porque el inversionista no se frena por llenar un formato más. Se frena porque no sabe si el proyecto seguirá vivo mañana. Se frena porque las reglas cambian a mitad del juego. Se frena porque la discrecionalidad sigue siendo la norma disfrazada de procedimiento.
Y eso no se arregla con una plataforma digital.
Seamos directos: digitalizar la corrupción no la elimina. La vuelve más eficiente.
Aquí es donde el Plan México empieza a hacer agua.
Primero, porque no elimina la discrecionalidad. Si el funcionario sigue teniendo la capacidad de frenar un trámite por “criterio”, entonces el sistema sigue siendo vulnerable. Y donde hay criterio sin control, hay margen para el abuso.
Segundo, porque los plazos en México son aspiracionales. Se anuncian tiempos límite, sí. Pero sin sanción, no son más que sugerencias elegantes.
Tercero, porque la certeza jurídica sigue siendo el gran ausente. Y sin certeza, no hay inversión sostenida. Hay apuestas. Y las apuestas no construyen economías, las vuelven volátiles.

Cuarto, porque el verdadero laberinto no está sólo en el ámbito federal. Está en los estados y municipios. Uso de suelo, licencias, permisos locales. Ahí es donde los proyectos se atoran. Si no hay coordinación real, el Plan México será un buen discurso con mala ejecución.
Y quinto —el más incómodo—: la corrupción.
Muchos trámites no se complican por error. Se complican por diseño. Porque en la complejidad vive el negocio informal. El “moche”, la gestoría paralela, el favor político. Si eso no se toca, no hay simplificación. Hay simulación.
Y aquí entra la memoria histórica que el gobierno parece ignorar:
“El simplificar los trámites para iniciar el registro de empresas y negocios se viene manejando desde el gobierno de Vicente Fox y no lo han logrado todos, desde entonces. Esa administración de Claudia Sheinbaum tiene un gran reto frente de ellos”.
No es un intento nuevo. Es un pendiente crónico.
Han pasado gobiernos, reformas, plataformas, discursos… y el problema sigue intacto. ¿Por qué? Porque lo que se intenta cambiar no es técnico, es cultural.
La burocracia mexicana no es lenta por accidente. Es lenta porque el sistema se acostumbró a operar así.
Desde una lectura más fría, hay tres posibles escenarios:
Uno: el Plan México es una reacción a la presión económica y a la desaceleración. Un intento de mandar señales al mercado.
Dos: es una estrategia narrativa. Ordenar el discurso sin modificar el fondo.
Tres: hay intención real, pero el aparato burocrático terminará neutralizándola, como ha ocurrido antes.
Las preguntas son inevitables:
¿Se simplifican procesos o sólo se reorganiza el caos?
¿Qué pesa más: el trámite o la incertidumbre política?
¿Puede un decreto cambiar décadas de cultura administrativa?
La respuesta, aunque incómoda, es evidente.

México no necesita trámites más rápidos.
Necesita reglas más confiables.
Porque invertir aquí no es complicado por falta de oportunidades. Es complicado porque el riesgo es estructural.
El gobierno quiere que invertir sea fácil.
Pero mientras no sea seguro, seguirá siendo una apuesta.
Y las apuestas, tarde o temprano, se pierden.
ElMeollo del Asunto.