Por: Daniel Valles.
En México hay crisis que se anuncian con sirenas, alarmas y otras que llegan en silencio. La de las pensiones pertenece al segundo grupo. No truena, no explota, no sangra… pero asfixia.

Mientras discutimos ocurrencias políticas y pleitos de coyuntura, el Estado mexicano ya destina más de 1.6 billones de pesos al año sólo para pagar pensiones y jubilaciones. No es un error de dedo. No es una proyección alarmista. Son datos oficiales de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público.
Eso significa que casi uno de cada cinco pesos del Presupuesto federal ya está comprometido antes de discutir cualquier política pública. Educación, salud, seguridad, infraestructura… todo compite contra una cuenta que no se puede patear, porque no pagar pensiones no es opción.
La frase incómoda que nadie quiere decir en campaña es esta: La crisis de las pensiones no viene; ya está aquí.
Durante décadas se advirtió por muchos que este momento llegaría. Treinta años sabiendo lo que venía y treinta años sin tocar el tema en serio. Hoy se están jubilando quienes entraron al sistema antes de 1997, bajo esquemas generosos, solidarios y fiscalmente pesados, donde el Estado no administra: paga.
El problema no es el pensionado. El problema es un sistema que prometió más de lo que podía sostener.
Para colmo, el gasto en pensiones ya supera el costo financiero de la deuda pública. Pagamos más por jubilaciones que por intereses, y a eso se suman las pensiones no contributivas que también salen del mismo bolsillo: el del contribuyente.
Aquí entra el Meollo de este Asunto: ¿Quién va a pagar esta factura?

La respuesta es incómoda pero honesta: todos.
Con más deuda, con más impuestos o con menos servicios públicos. No hay dinero nuevo ni magia presupuestal.
Esto no se arregla quitándole la pensión a quien ya la tiene. Eso sería injusto y socialmente explosivo. Pero tampoco se arregla mintiéndole a los jóvenes, haciéndoles creer que recibirán lo mismo que sus padres, cuando el sistema ya no da para eso.
Las pensiones son un derecho.
Pero administradas con miedo político y demagogia, se convierten en una bomba fiscal de tiempo. Y esa bomba ya está activada. El verdadero debate no es si habrá crisis. El debate es quién se atreverá a enfrentarla sin mentirle a la gente. Porque callar este tema no es neutralidad. Es heredarle el problema —y la factura— a la siguiente generación. Ahí, El Meollo del Asunto.