(El método del poder para moldear la cultura).
Por: Daniel Valles.
El intento de borrar la Navidad en 1930 no fue un arrebato ni una excentricidad decembrina. Fue un método. Y como todo método de poder, dejó huellas claras, rastreables y documentadas por la prensa mexicana de la época. No ocurrió en la clandestinidad ni en acuerdos de gabinete reservados. Ocurrió a la vista de todos.

El hecho fue publicado, debatido y cuestionado en medios nacionales. El Universal, entre otros diarios, dio cuenta puntual del decreto presidencial, del montaje del evento y de la polémica social que provocó el intento del Estado por sustituir símbolos profundamente arraigados en la vida familiar y religiosa del país.
México vivía entonces bajo el Maximato. Pascual Ortiz Rubioocupaba la presidencia, pero el poder real residía en Plutarco Elías Calles. Esta dualidad explica por qué las decisiones ideológicas no surgían del consenso social, sino de una visión de Estado que se asumía con derecho a dirigir no sólo la política, sino también la conciencia colectiva.
Cuando el poder se concentra, la tentación de moldear la cultura se vuelve irresistible. No basta con gobernar; se pretende educar. No basta con administrar; se busca redefinir lo que se cree, lo que se celebra y lo que se transmite a la siguiente generación.
El episodio del Estadio Nacional es revelador. El 23 de diciembre de 1930, cerca de quince mil personas —en su mayoría niños— asistieron al festival organizado por el gobierno. En el centro del estadio se levantó un templo de inspiración prehispánica. Ahí, Josefina de Ortiz Rubio, esposa del presidente y presidenta de la Sociedad Protectora de la Infancia, repartía juguetes acompañada por un Quetzalcóatl barbado, humanizado deliberadamente para no causar rechazo.
La escena era tan simbólica como inquietante: el Estado, personificado en la primera dama, entregando regalos; y el mito prehispánico, adaptado a la estética de Santa Claus, ocupando el lugar que tradicionalmente correspondía al pesebre. Todo cuidadosamente escenificado. Todo registrado por la prensa.
El Universalpublicó cartas de ciudadanos inconformes, crónicas detalladas del evento y preguntas incómodas. Una de ellas sintetizaba el desconcierto social: “¿Vamos a acostar a Quetzalcóatl en el pesebre de Belén?”. La prensa no actuó como enemiga del régimen, pero tampoco como su eco automático.

El método fue integral: educación pública alineada mediante circulares oficiales, uso de instituciones como la Lotería Nacional, escenografía monumental en el Estadio Nacional, participación activa de la primera dama y la utilización simbólica de la infancia como terreno estratégico. No fue improvisación; fue política cultural en su forma más explícita.
Casi cien años después, los paralelismos son evidentes. Centralización del relato histórico, selección conveniente del pasado, pedagogía moral desde el poder, desconfianza hacia tradiciones que no administra el Estado y la misma convicción de que la identidad puede ser rediseñada desde arriba. Cambian los símbolos; no el impulso.
Los procesos culturales no obedecen decretos.
El régimen de 1930 no lo entendió. Y la historia demuestra que este error, recurrente, siempre termina de la misma manera: el poder retrocede y la tradición permanece. Ahí, El Meollo del Asunto.