Por: Daniel Valles.
Ciudad Juárez está perdiendo empleos. No es una percepción alimentada por el pesimismo ni una ocurrencia de quienes acostumbran a ver el vaso medio vacío, aunque el vaso, por cierto, ya empieza a parecerse más a un taparrosca.
Los datos del IMSS indican que durante julio de 2026 se perdieron otros 568 empleos formales. Desde marzo de 2023, cuando la ciudad alcanzó un máximo histórico de 515 mil 633 trabajadores registrados, han desaparecido 40 mil 852 plazas. En julio quedaban 474 mil 781.

El golpe más fuerte se concentra en la industria de la transformación. Tan sólo durante el pasado mes de julio se perdieron 696 empleos y acumula una disminución de 49 mil 579 desde marzo de 2023.
Algunos sectores compensaron parcialmente la caída: los servicios para empresas generaron 465 plazas y el comercio, 215. Pero sumar empleos comerciales mientras desaparecen puestos industriales no significa necesariamente una recuperación. Un ingeniero, técnico u operador especializado que termina detrás de un mostrador quizá siga apareciendo en las estadísticas como empleado, pero su ingreso, estabilidad y trayectoria profesional pueden haber retrocedido.
El programa IMMEX del Inegi ofrece otra perspectiva. De acuerdo con los datos difundidos por la Asociación Nacional de Importadores y Exportadores de la República Mexicana, en mayo de 2026 la maquiladora juarense tenía 251 mil 246 trabajadores, su nivel más bajo en diez años. En junio de 2023 había alcanzado 326 mil 388. La diferencia es de 75 mil 142 puestos.
¿Entonces Juárez perdió 40 mil o 75 mil empleos? Ambas cifras pueden ser correctas porque miden universos diferentes. El IMSS registra el empleo formal total de la ciudad y permite observar cómo algunos trabajadores salen de la industria, pero aparecen después en comercio o servicios. El Inegi mide específicamente al personal ocupado en establecimientos manufactureros de exportación. Confundir ambos indicadores sería como contar a quienes abandonaron un barco y concluir que nadie cayó al agua porque algunos lograron subir a una lancha.
También existe una aparente buena noticia. El salario mensual promedio en la maquiladora pasó de 15 mil 720 pesos en enero de 2023 a 23 mil 159 en mayo de 2026. El incremento nominal es cercano al 47 por ciento, no al 40 señalado en uno de los reportes. Como resultado, pese a existir muchos menos trabajadores, la derrama mensual estimada por salarios aumentó de alrededor de 5 mil 350 millones a 5 mil 818 millones de pesos.
Esto significa que quienes conservaron su empleo ganan más. Magnífico para ellos, pero de escaso consuelo para las decenas de miles que quedaron fuera. La derrama salarial puede aumentar y, al mismo tiempo, crecer el número de hogares sin un ingreso industrial.
El promedio es un personaje muy simpático: si uno come dos pollos y otro ninguno, informa que cada uno comió uno. Las matemáticas no mienten, pero pueden ser utilizadas para contar una historia incompleta.
Entre las causas aparecen la automatización, los incrementos en los costos laborales, la incertidumbre comercial, la desaceleración industrial estadounidense y el reacomodo de las cadenas productivas. La guerra arancelaria y la revisión del T-MEC agravan el panorama, pero no explican por sí solas una caída iniciada desde 2023.

También debe considerarse la transición de Juárez desde una manufactura principalmente automotriz hacia una mayor producción electrónica, impulsada, entre otras, por compañías asiáticas. Son industrias con mejores salarios y mayor tecnología, pero que no necesariamente contratan multitudes.
Ahí está el cambio de fondo: Juárez está dejando atrás el modelo maquilador intensivo en mano de obra y entrando en otro más automatizado, especializado y productivo. Las máquinas no piden vacaciones, no utilizan la silla exigida por la ley, no llegan tarde y tampoco votan. Para las empresas representan eficiencia; para una ciudad que durante décadas basó su crecimiento en ofrecer trabajadores abundantes representan un desafío enorme.
La pregunta no es únicamente cuántos empleos se perdieron, sino qué sucedió con quienes los ocupaban. ¿Migraron a la informalidad? ¿Regresaron a sus lugares de origen? ¿Aceptaron trabajos peor pagados? ¿Viven del ingreso de otro integrante de la familia? ¿Se fueron de Juárez?
Sin esas respuestas, las autoridades contemplarán estadísticas mientras la realidad circula frente a ellas buscando trabajo.
Y aquí aparece la política socialconvertida en sustituto de la política económica. El gobierno paga apoyos no necesariamente porque la gente haga mal las cosas, sino para mantenerla sin hacer nada.

En lugar de proveer condiciones suficientes para crear empleos, corre el riesgo de administrar a la población “sobrante”: desempleados que, dependiendo de una transferencia, resultan más fáciles de controlar políticamente. No puede afirmarse que todo apoyo tenga ese propósito, pero tampoco debe ignorarse que la dependencia económica produce clientelas dóciles.
Las becas podrán aliviar temporalmente una necesidad, pero poco harán para recuperar los empleos desaparecidos, desarrollar capacidades técnicas o motivar la búsqueda de nuevas oportunidades. Cuando alguien sabe que recibirá lo indispensable para subsistir, sin capacitación, exigencias ni caminos de incorporación productiva, el incentivo para prepararse puede debilitarse. Subsistir no es progresar. Una transferencia compra comida; no sustituye un empleo, una profesión ni un proyecto de vida.
Juárez necesita capacitación para la industria electrónica, automatización, robótica, mantenimiento, programación y logística avanzada.
Necesita nuevas inversiones, certeza frente al T-MEC, infraestructura y condiciones para que pequeñas empresas locales se conviertan en proveedoras de la industria. Sobre todo, necesita una estrategia para los trabajadores desplazados. Entregar dinero es sencillo; formar personas capaces de competir en una economía distinta exige inteligencia, disciplina y varios años. Quizá por eso nuestros gobiernos prefieren repartir tarjetas: una política industrial no cabe en la fotografía.
La maquiladora no está desapareciendo. Está cambiando. El problema es que las máquinas avanzan más rápido que los programas educativos y mucho más rápido que los políticos. Si no entendemos esa transformación, terminaremos con plantas modernas, exportaciones crecientes y salarios promedio más altos, pero con miles de juarenses mirando desde afuera. Más productividad, menos trabajadores y suficientes becas para que nadie proteste demasiado. Ahí El Meollo del Asunto.