Por: Daniel Valles.
El hecho que el hijo de Andrés Manuel López Obrador, al que de cariño su papá le llama, “Andy”,tomó vacaciones por Japón. Un viaje que no mucha gente, menos de esa que forma el pueblo bueno y sabio, podrá hacer alguna vez en su vida. Qué bueno que así fue. Sin embargo, el hecho que el recorrido que hizo contrasta con todo lo que no sólo ha dicho su padre acerca de la austeridad y esas cosas, sino que son máximas del partido del que es Secretario General, le han provocado cientos de críticas. No todas —supongo— de personas contrarias al movimiento y a su desempeño en el partido de Morena.
Y es que no es sólo el viaje. Es lo que representa. El lugar. El tiempo. El contexto. La historia personal y política del personaje. Y la forma de justificarlo. Dice Andy López Beltrán que se fue porque estaba exhausto. Que las campañas electorales lo dejaron rendido. Es verdad que perdió las primeras dos que coordinó. Y ganó la última. Aunque el mérito no se lo atribuyen a él. Pero se cansó. Pobre muchacho. Y se fue a Japón a descansar. A un hotel de 7,500 pesos por noche, con desayuno incluido. Esa es su “justa medianía”. Con visitas a tiendas de lujo como Prada, y restaurantes de hotel cinco estrellas.

Eso fue lo que ofendió. No el viaje. Ni que descanse. Que lo haga si quiere en Marte. Lo que ofende es la pretensión de venderle al pueblo la idea de que esto es normal, austero, legítimo. Que pagó su estancia con “sus recursos propios”, sin que nadie sepa a qué se dedica, qué ha producido, qué empresa dirige, qué servicio presta o a quién factura. No hay evidencia de actividad remunerativa alguna, más allá del acomodo político.
Y claro, Andy se dice perseguido. Que lo espiaron. Que lo fotografiaron. Que la oposición, los medios, los conservadores, el hampa del periodismo… y todos los fantasmas de siempre. Nada nuevo.Lo mismo de siempre: “nos atacan porque no somos iguales”. Pero hay fotos. Videos. Testimonios. Como siempre, la evidencia no miente. Y como siempre, el discurso quiere que no veamos lo evidente. “El elefante en la habitación”.
Porque en el corazón de todo esto está la falacia que han repetido hasta el cansancio: “el poder es humildad”. Que suena bonito. Que seduce a los incautos. Pero no deja de ser un auténtico paralogismo. Un truco retórico para disfrazar la ambición, el confort, el abuso.
El poder puede ser muchas cosas, pero rara vez es humilde. Y menos cuando se justifica el lujo con palabras como “medianía”, y se intenta hacer pasar un viaje internacional como algo propio del esfuerzo personal… sin evidencia de dicho esfuerzo.
Y así, en silencio, la figura de Andy López Beltrán se va convirtiendo en el ejemplo más acabado del “no somos iguales” … porque sí lo son. Ahí El Meollo del Asunto.