Por: Daniel Valles.
Desde hace décadas, la violencia —en todas sus formas— habita entre nosotros. En casa, en la escuela, en la calle, en el trabajo y en el trayecto.
Lo hemos normalizado al grado de que hoy ya no nos escandaliza el hecho de que casi 100 jóvenes acudan armados a sus clases en Ciudad Juárez, o que una maquiladora como Foxconn emita alertas internas a sus empleados por riesgos de seguridad en su trayecto laboral.
La violencia en casa: la raíz más profunda.

Ciudad Juárez es hoy, otra vez, el municipio con más casos de violencia familiar en todo el país.
En junio, 750 carpetas de investigación fueron abiertas, la gran mayoría en contra de mujeres y niñas. El fenómeno no cede, y la Fiscalía Especializada para Mujeres está rebasada.
Y cuando no se atiende esta violencia, el desenlace es predecible: el feminicidio.
Pero eso no es todo. La violencia familiar es el primer eslabón de una cadena que se extiende. Lo que se gesta en el hogar, se traslada a otros entornos.
Las escuelas: espejo de lo que no se quiso ver.
Hoy, los salones de clase son el escenario donde se refleja lo que la familia y el Estado no resolvieron.
Como bien dijo el director del Instituto Promotor de Educación Chihuahuense:
“La escuela no genera violencia. La contiene. Pero no puede sola.”
Faltan psicólogos, trabajadores sociales, protocolos con respaldo y una red de intervención real.
Y mientras tanto, los maestros se convierten en bomberos sin agua: intentando apagar incendios sin herramientas, ni protección, ni apoyo institucional.
La violencia llega también al trabajo.
Cuando una empresa como Foxconn emite un comunicado oficial de precaución a sus empleados, estamos viendo una escalada.
Ya no basta con salir de casa y llegar a la escuela o al trabajo: ahora el peligro está en la carretera.
Y aunque no se haya confirmado la denuncia de agresión sexual, el solo hecho de que una empresa de este tamaño lo considere un riesgo es indicio de una sociedad bajo fuego cruzado.
¿Y qué hemos hecho?
Nada distinto a lo que ya fracasó.
“La mal lograda reparación del tejido social, tan mencionada pero también tan mal ejecutada, se hace presente en todos los ámbitos de la sociedad.”
Las cárceles son la mejor evidencia de ello.
Saturadas, hacinadas, convertidas en escuelas del crimen. En México hay 103 internos por cada 100 espacios disponibles, y en estados como el Estado de México o Nayarit, la cifra se dispara a más del doble de su capacidad.
No se repara el tejido social llenando las cárceles.
El fracaso es estructural: no se han tocado las causas profundas —la pobreza, la impunidad, la desigualdad, la falta de oportunidades, la cultura de violencia normalizada—.
En síntesis.
La violencia no es un episodio. Es un sistema que se reproduce.
Y mientras la estrategia siga siendo poner curitas donde se requieren hospitales, lo único que seguirá aumentando será la estadística, el miedo y el resentimiento. Ahí El Meollo del Asunto.