Por Daniel Valles
Estoy completamente de acuerdo con la titular del Poder Ejecutivo federal cuando condena cualquier expresión discriminatoria, independientemente de quién la pronuncie o contra quién se dirija. Claudia Sheinbaum hizo bien al reprobar los comentarios de las diputadas poblanas de Morena Nayeli “Nay” Salvatori y Graciela “Grace” Palomares.
La discriminación no se vuelve aceptable porque provenga de mujeres, se disfrace de humor o tenga como destinatarios a los hombres. Hasta aquí, coincidencia plena.

El problema comienza cuando se pretende diluir lo sucedido bajo la cómoda denominación de “comentarios contra los adultos mayores”. No exactamente.
Las expresiones fueron dirigidas específicamente contra hombres. No se burlaron de las personas mayores en general ni hicieron comentarios sobre mujeres ancianas. Dijeron que los hombres mayores “huelen diferente”, “huelen a baúl del recuerdo”, “se están pudriendo” y tienen la piel delgada y arrugada. También hicieron alusiones a sus enfermedades y vida sexual. Fue discriminación por edad, ciertamente, pero también por sexo. Los destinatarios de las sandeces tenían una característica claramente definida: eran hombres.
El episodio ocurrió en un programa llamado Descasadas. El título puede indicar que sus participantes están divorciadas o, cuando menos, que presumen esa condición como identidad, concepto o marca comercial. Cada persona puede llamar a su programa como mejor le parezca y hacer de su estado civil una bandera, una tragedia, una comedia o hasta un modelo de negocio.
El problema comienza cuando esa plataforma se utiliza para convertir a los hombres en material de desprecio y presentar la humillación como una conversación divertida entre mujeres, no sabemos si divorciadas o sin pareja.
Una cosa es reírse de las experiencias personales y otra muy distinta degradar a un grupo humano por su sexo y edad. El humor no es una licencia expedida por el gobierno para atropellar la dignidad ajena.
Existe, además, una ironía que las protagonistas aparentemente no alcanzaron a mirar. Nay Salvatori nació en agosto de 1985 y tiene 40 años; Grace Palomares nació en junio de 1989 y tiene 37.
En la conversación se habló despectivamente de hombres mayores de 45 años. No estaban describiendo a seres pertenecientes a una época geológica distinta, sino a personas apenas algunos años mayores que ellas. Se burlaron desde una juventud que ya comenzó a despedirse, aunque todavía no les haya enviado el memorándum.
La vejez, si tienen la fortuna de alcanzarla, no será una desgracia ajena: será su propio destino.
En la conversación también participaron la conductora Nadia de la Rosa e Hilda Salvatori, hermana de Nay. Nadia abrió el camino al decir que los hombres mayores ya olían diferente; Hilda agregó que los mayores de 45 olían “a baúl”; Nay retomó la frase entre risas y Grace remató diciendo que comenzaban a pudrirse.

No fue una expresión aislada ni una palabra desafortunada perdida dentro de una larga reflexión. Fue una sucesión de expresiones coincidentes, celebradas con risas y pronunciadas con la fruición propia de quienes estaban disfrutando el momento.
El contexto, lejos de exonerarlas, las condena. Por eso resulta insostenible afirmar que el material fue “sacado de contexto”. Para que existiera descontextualización tendría que haberse alterado el significado original. Aquí sucedió exactamente lo contrario: cuando se observa la conversación completa, queda todavía más claro el tono de burla y desprecio.
También resulta pueril culpar a la oposición de utilizar políticamente el episodio. Puede ser cierto que los adversarios de Morena aprovecharon la oportunidad; eso hacen los partidos políticos cuando el contrario les entrega gratuitamente semejante munición. Pero la oposición no escribió el guion, no colocó las palabras en boca de las participantes, no produjo sus carcajadas ni las obligó a publicar el programa. Las protagonistas hablaron, grabaron, difundieron y celebraron sus propias expresiones. Después, cuando llegó la reacción pública, descubrieron súbitamente la existencia del contexto, la libertad de expresión y las conspiraciones partidistas.
Es el viejo recurso político de arrojar la piedra, esconder la mano y acusar de manipulación a quien encontró el vidrio roto.
Hagamos el ejercicio elemental de invertir los sexos. Imaginemos a dos diputados varones, acompañados por un conductor, diciendo entre risas que las mujeres mayores de 45 años huelen a baúl, se están pudriendo, tienen la piel desagradable y presentan problemas sexuales.
Antes de terminar el programa ya habrían sido acusados de violencia de género, misoginia y discriminación contra las mujeres adultas mayores. La Secretaría de las Mujeres habría tenido razones institucionales para pronunciarse y probablemente se exigirían renuncias, investigaciones, cursos obligatorios y disculpas públicas. No estaría mal que así ocurriera.
Lo incorrecto es que la vara cambie cuando las víctimas son hombres. La igualdad no consiste en conceder a las mujeres el privilegio de hacer aquello que se condena en los varones.
Morena abrió un procedimiento interno y será su Comisión Nacional de Honestidad y Justicia la que determine si corresponde alguna sanción.
Está por verse si habrá una consecuencia verdadera o solamente una ceremonia partidista de purificación.
Las disculpas ofrecidas hasta ahora nacieron acompañadas de explicaciones destinadas a disminuir la responsabilidad. Reconocer la culpaes la primera acción de quien genuinamente desea disculparse. Quien dice “perdón, pero me sacaron de contexto”, “perdón, pero fue humor” o “perdón, pero la oposición lo aprovechó” no está reconociendo plenamente el daño: está negociando su inocencia. Lo demás es politiquería para contener el costo electoral y evitar que la conducta de dos diputadas perjudique a Morena rumbo a 2027. No engañan a nadie con ese discurso explicativo falso. La libertad de expresión les permitía decir esas barbaridades; esa misma libertad permite a la sociedad criticarlas. Lo que no existe es el derecho a hablar sin enfrentar consecuencias. Mucho menos cuando quienes hablan son legisladoras encargadas de elaborar normas contra la discriminación. Su condición de mujeres no las vuelve moralmente inimputables y su militancia no debe proporcionarles impunidad ideológica.

La dignidad humana no tiene sexo, aunque algunos movimientos políticos pretendan administrarla por cuotas.
Quizá convendría que las protagonistas de Descasadasrecordaran que la juventud que hoy disfrutan pronto desaparecerá. Es tan efímera como la fama, el poder, una diputación y el aplauso de las redes sociales. Marco Aurelio lo expresó con una claridad que ha sobrevivido casi dos mil años:
“El anciano y el que muere prematuramente experimentan la misma pérdida, puesto que sólo se nos priva del presente, que es lo único que poseemos, visto que no se puede perder lo que no se posee”.
Marco Aurelio, Meditaciones, II, 14.
Y esta es mi opinión y también es, El Meollo del Asunto.