Por Daniel Valles
“Y viendo Pilato que nada adelantaba, sino que se hacía más alboroto, tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo. Allá ustedes.” Mateo 27:24
Hay gestos que revelan el alma de un sistema político. Lavarse las manos, como lo hizo Pilato, es uno de ellos. Aunque pretende representar inocencia, en realidad denuncia cobardía moral. Esa escena no es antigua: se repite constantemente en nuestra política local. En cada alcalde que calla ante la injusticia, en cada funcionario que elige no actuar, en cada regidor que vota con conveniencia. Pilato sigue vivo, pero ahora usa traje, y la mujer, trajes sastre.

La política municipal, por ser la más cercana al ciudadano, debería ser la más ética. Sin embargo, se ha vuelto terreno fértil para la corrupción. La familiaridad, las redes de favores, el clientelismo y la omisión han debilitado el carácter público. No faltan personas buenas, pero muchas veces, como Jesús ante Pilato, son silenciadas por los que no quieren perder poder ni comodidad.
Pilato no es un villano clásico. Es el reflejo del político pragmático. No odia a Jesús. No lo juzga culpable. Pero tiene miedo: al pueblo, a los líderes religiosos y a Roma. Sabe lo correcto, pero opta por lo conveniente. Su cálculo político lo lleva a sacrificar al justo para preservar la estabilidad. Así actúan muchos hoy: “mejor no me meto”, “no es mi responsabilidad”, “yo solo acato órdenes”.
La corrupción no se sostiene sola. Requiere de muchos que, como Pilato, saben lo que es justo, pero prefieren no arriesgarse. No basta con no robar: también es corrupción encubrir, callar o justificar. Como dijo Edmund Burke: “Para que el mal triunfe, basta con que los buenos no hagan nada.”
Necesitamos una espiritualidad pública. No religiosidad de fachada, sino valores que se traduzcan en integridad, justicia y servicio. Jesús, ante Pilato, no usó poder ni manipulación. Se mantuvo firme en la verdad. Esa verdad fue tan perturbadora que el poder decidió silenciarla.Pero su silencio expuso la miseria del sistema.
Hoy, más que nunca, necesitamos menos Pilatos y más líderes con coraje. Personas que no negocien principios. Funcionarios que usen su poder para el bien y ciudadanos que no celebren al que se lava las manos, sino que exijan manos limpias de verdad.
No es coincidencia que Pilato esté en todos los evangelios. Representa la mediocridad política, esa que aparenta firmeza, pero es débil en lo moral. Porque el mayor peligro no es la maldad abierta, sino la cobardía institucionalizada.
En esta Semana Santa muchos recordarán la cruz. Pocos se detendrán a mirar el lavamanos. Y, sin embargo, ahí comenzó la tragedia: cuando alguien con poder eligió no actuar por justicia, sino por miedo.Y eso es, El Meollo del Asunto.