El nuevo pensamiento obligatorio.

Por: Daniel Valles.

En las entregas anteriores vimos cómo ciertas corrientes culturales comenzaron a comportarse como religiones seculares y cómo, con el paso del tiempo, lograron avanzar silenciosamente en el terreno de la cultura. Universidades, medios, lenguaje e instituciones comenzaron a reflejar una nueva visión del mundo.

Ahora conviene mirar el origen intelectual de ese proceso.

Durante buena parte del siglo XX surgió una idea estratégica que cambiaría profundamente la forma de entender el poder: el poder político no es el único que importa. Existe un poder más profundo, menos visible y mucho más duradero.

El poder cultural.

Cuando una visión del mundo logra dominar la cultura —la educación, los medios, el lenguaje y los valores sociales— la política termina adaptándose a esa visión del mundo tarde o temprano. Las elecciones pueden cambiar gobiernos, pero las ideas dominantes en la cultura moldean generaciones completas.

Por eso la batalla central no se libró primero en los parlamentos.

Se libró en la cultura.

Esta estrategia implicaba algo más que promover nuevas ideas. También suponía cuestionar sistemáticamente muchas instituciones que habían dado estabilidad a las sociedades durante siglos: la familia, la tradición cultural, la religión y las nociones heredadas de identidad humana.

A este proceso se le llamó muchas veces desmontar o desacreditar instituciones tradicionales. La idea era analizar cada institución para mostrar que, en el fondo, escondía relaciones de poder injustas.

Sin embargo, junto con esta estrategia apareció también una paradoja.

Se comenzó a hablar mucho de tolerancia, diversidad y pluralismo.Pero esa tolerancia empezó a aplicarse de manera selectiva.

Algunas ideas debían ser promovidas. Otras debían ser marginadas.

A este fenómeno se le llamó: tolerancia represiva.

La lógica es simple: se amplifica aquello que impulsa el cambio cultural y se restringeaquello que lo cuestiona. En términos sencillos, es como ver la paja en el ojo ajeno y no el leño en el propio.

Así, las ideas consideradas progresistasse presentan como necesarias para el progreso social, mientras que muchas ideas tradicionales o conservadoras pasan a ser vistas como obstáculos moralesque deben superarse.

Con el tiempo, esta dinámica produjo otro cambio profundo. La política comenzó a transformarse en una batalla moral.

Antes,los desacuerdos políticos giraban alrededor de temas prácticos: economía, seguridad, organización del Estado o políticas públicas. Hoy muchas discusiones se presentan como enfrentamientos entre el bien y el mal. Y aquí aparece una paradoja notable.

Gran parte del pensamiento progresista modernosostiene que la moral es una construcción cultural cambiante y que no existen principios o valores morales absolutos.

Sin embargo, al mismo tiempo, muchas discusiones públicas se presentan como batallas morales absolutas en las que una de las partes encarna el progreso y la otra representa el atraso. Ambas partes se refieren a los absolutos, cuando la del progreso NO reconoce absolutos.

Es una contradicción evidente.

Se niegala existencia de una moral absoluta, pero al mismo tiempo se exige obediencia moral absoluta a determinadas causas culturales.

En este punto aparece otro elemento fundamental: la idea de redención.

Muchas corrientes ideológicas contemporáneas presentan la política como un camino hacia la redención (es decir, la promesa de liberar a la sociedad de injusticias históricas que supuestamente explicarían todos los conflictos sociales).

La sociedad sería redimida al eliminar estructuras consideradas opresivas o injustas. Como la Familia Histórica.

La política deja entonces de ser administración prudente de la realidad y se transforma en una misión para transformar profundamente al ser humano y a sus instituciones.

El problema es que este tipo de redención nunca se completa. Siempre aparece una nueva estructura que desmontar, una nueva injusticia que denunciar, una nueva identidad que liberar. La lucha no termina. Se convierte en una dinámica permanente.

Y en ese proceso se va configurando algo que hoy muchos comienzan a percibir con claridad: una hegemonía cultural, es decir, cuando una sola visión del mundo domina la educación, los medios y el lenguaje público.

Cuando una visión del mundo domina el lenguaje, la educación, los medios y las instituciones, deja de parecer una ideología entre otras. Se convierte en el marco cultural dominante.

Las nuevas generaciones crecen dentro de ese marco sin percibirlo como una opción entre varias, sino como la forma natural de entender la realidad.

Pero entender cómo ocurre este proceso es fundamental para cualquier sociedad que valore la libertad intelectual. Porque la verdadera pluralidad, es decir, la posibilidad de que distintas ideas puedan discutirse libremente, no consiste en reemplazar una sola forma aceptada de pensar por otra.

Consiste en preservar el espacio donde las ideas puedan discutirse sin censura cultural ni presiones morales disfrazadas de progreso.

Cuando ese espacio desaparece, la cultura deja de ser un lugar de encuentro entre visiones distintas. Se convierte en un campo donde una sola visión busca imponerse sobre todas las demás.

Y entonces la política deja de ser simplemente una competencia de proyectos. Se transforma en una lucha por decidir cómo debe pensar y vivir el ser humano.

En este caso, bajo una ideología que le “predican” de manera casi religiosa, pero que, por ilógica, no la alcanza a entender, aunque sí la logra adoptar con una fe igualmente, casi religiosa, para no ser rechazado o peor, censurado. Ahí El Meollo del Asunto.