Por: Daniel Valles.
Hay películas que terminan siendo más actuales que las noticias. Una de ellas es Cuestión de Honor (A Few Good Men), protagonizada por Tom Cruise y Jack Nicholson. La historia gira alrededor de un “Código Rojo”: un castigo extrajudicial aplicado dentro de una base militar para corregir la conducta de un joven marine. Nadie ordenó matarlo. La orden era disciplinarlo. Pero quienes ejecutaron el castigo confundieron autoridad con violencia. El resultado fue un cadáver.
Por eso el caso de Dafne estremece tanto.

Porque conforme aparecen nuevos datos, la tragedia deja de parecer el acto aislado de una persona para revelar algo mucho más inquietante: la posible existencia de una estructura donde la disciplina habría dejado de formar personas para comenzar a quebrarlas.
La menor de trece años acudió a un curso de verano en la Academia Militarizada Doenitz. Nunca volvió con vida. La investigación hoy alcanza al director del plantel, a una instructora y a una joven de dieciocho años, mientras las autoridades intentan reconstruir qué ocurrió realmente durante aquellos días.
Hasta aquí conviene hacer una pausa.
Con demasiada frecuencia buscamos un monstruo solitario para tranquilizar nuestra conciencia. Un culpable único permite cerrar el expediente moral. Sin embargo, este caso apunta, al menos por ahora, hacia algo distinto: posibles decisiones compartidas, omisiones, silencios y responsabilidades distribuidas entre hombres y mujeres.
Eso obliga a abandonar las explicaciones fáciles.
La Fiscalía investiga el caso como feminicidio y corresponderá a los tribunales determinar si jurídicamente esa clasificación se sostiene. Pero más allá del tipo penal, existe una realidad imposible de ocultar: estamos frente a un acto de maldad.
Las estadísticas podrán registrarlo bajo una categoría específica. Los códigos penales podrán ubicarlo dentro de determinado delito. Ninguna de esas etiquetas cambia la naturaleza moral de lo sucedido.
Porque el mal sigue siendo mal.
Y el mal no distingue sexo.
Entre las personas hoy sujetas a proceso aparecen tanto un hombre como mujeres. Eso rompe el discurso simplista que pretende explicar toda violencia únicamente desde la confrontación entre hombres y mujeres. Si las responsabilidades terminan acreditándose, la participación será, precisamente, de ambos sexos.
El problema, entonces, no sería el género.
Sería el corazón humano.
A ello se suma otro elemento profundamente perturbador. La madre de una de las jóvenes detenidas afirma que su hija también habría sido víctima de abuso sexual dentro de la misma academia y que existían otras menores en condiciones similares. Son acusaciones que todavía deberán investigarse y probarse, pero si llegaran a confirmarse dibujarían un escenario aún más oscuro: una institución donde la violencia no habría sido un accidente, sino parte de una cultura interna.

Y entonces aparece el Estado.
Después de la tragedia, el secretario de Educación Pública, Mario Delgado, anunció que se revisará y regulará el funcionamiento de este tipo de academias militarizadas.
La intención puede ser correcta. El momento, lamentablemente, no. Es la vieja costumbre mexicana: “tapar el pozo cuando la niña ya se ahogó”.
Durante años esas instituciones operaron prácticamente sin supervisión efectiva. Hoy, cuando una familia ya perdió a su hija, descubrimos que hacía falta regularlas. La reacción llega cuando el daño ya es irreversible.
Desde hace décadas se nos promete que la violencia desaparecerá mediante nuevas leyes. Después llegaron los protocolos. Más tarde los observatorios. Luego las reformas penales. Después los cursos obligatorios.
Finalmente aparecieron ideologías enteras asegurando que bastaba modificar el lenguaje, cambiar categorías jurídicas o reinterpretar las relaciones humanas para construir una sociedad libre de violencia.
La realidad insiste en desmentirnos. Porque el malno desaparece mediante decretos. No se cancela con protocolos. No evoluciona hasta convertirse en bien. No madura con el paso del tiempo.
No cambia simplemente porque cambien los gobiernos, las leyes o las ideologías.
El mal únicamente encuentra nuevas formas de manifestarse cuando el ser humano deja de reconocer sus propios límites morales.
Eso fue lo que mostró aquel “Código Rojo” de la película.
Y eso es, precisamente, lo que hoy nos obliga a preguntarnos si, detrás de la muerte de Dafne, no existía otro Código Rojo que alguien creyó justificar en nombre de la disciplina.
Porque cuando una institución termina creyendo que cualquier medio es válido para alcanzar un supuesto bien superior, la tragedia deja de ser una posibilidad. Se vuelve una consecuencia. Y eso es, El Meollo del Asun