Por: Daniel Valles.
Los aranceles ya no son una amenaza. Son una realidad. Y en Ciudad Juárez, el epicentro maquilador de México, ya se sienten sus efectos como una sacudida telúrica: 45 mil empleos menos desde febrero y un transporte de carga que se desploma sin red de protección.
El detonante ha sido el nuevo impuesto del 25{1fce360350f023bb12764bc5e96e10c2ff6b08d5a5149b06aa955d3cd783fe96} que Estados Unidos impuso a productos mexicanos, especialmente del sector automotriz, columna vertebral de la industria maquiladora juarense. Este no es un mero ajuste de mercado. Es un parteaguas.

Las empresas transportistas lo saben. Lo viven. Algunas ya reducen rutas, recortan personal y están explorando nuevas geografías para sobrevivir. Pero el verdadero problema es sistémico: la cadena logística que sostiene al norte del país está crujiendo.
Lo peor es que no hay respuesta clara del gobierno federal. Mucho T-MEC, mucha diplomacia, muchos discursos; pero cero garantías concretas. Ni subsidios, ni apoyos fiscales, ni una estrategia definida. ¿Dónde están las políticas contra-cíclicas que tanto se presumen en los discursos?
La retirada de maquiladoras es un dato, no una opinión. Empresas están migrando hacia estados más baratos o derechamente fuera del país. La lógica es simple: si producir en Juárez ya no es competitivo, se acabó la fiesta.
Y con eso, se tambalea todo el ecosistema fronterizo. Si el transporte de carga cae, se arrastra consigo a operadores, talleres, refaccionarias, gasolineras, choferes y hasta las loncheras de las rutas. La derrama se convierte en sequía. El motor de la ciudad se está gripando.
¿Puede revertirse esto? Tal vez. Pero no con voluntarismo ni con promesas al aire. Hace falta liderazgo, visión y medidas urgentes. Porque sin transporte eficiente, no hay exportación. Sin exportación, no hay maquila. Y sin maquila, Juárez se queda sin respiración.
No estamos ante una tormenta pasajera. Estamos ante un posible cambio estructural que puede redefinir el papel de Juárez en el mapa económico del continente.
El que tenga oídos para oír, que escuche. Y el que tenga poder, que actúe. Ahí, El Meollo del Asunto.