Claudia cree que es infalible.

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Por: Daniel Valles.

En la vida pública hay actitudes que pesan más que los programas de gobierno. No se trata de qué se dice en un discurso, sino de cómo se reacciona frente a lo que los demás dicen. En el caso de Claudia Sheinbaum Pardo, presidenta de México, su figura política ha quedado marcada no sólo por sus posturas, sino por su forma de rechazar cualquier opinión contraria. Y eso, en el ejercicio del poder, tiene consecuencias.

Claudia ha construido una imagen de mujer técnica, eficiente, con una formación científica que pretende ser sinónimo de certeza. Pero cuando el pensamiento crítico toca la puerta, ella responde con una muralla. No hay espacio para la autocrítica, ni para el disenso. Y eso no es liderazgo: es rigidez con cara de seguridad.

Podríamos describir esta actitud como una versión moderna del egocentrismo intelectual: todo lo que no encaja con lo que hace o dice está equivocado. Las críticas son ataques. Las preguntas, molestias. El desacuerdo, traición.

Este tipo de personaje se vuelve predecible. Siempre tendrá la razón. Si algo sale mal, fue culpa de otro. Si algo se cuestiona, es porque hay intereses ocultos. Es un patrón de pensamiento que desactiva el debate y ahoga la pluralidad.

En psicología se hablaría de “autorreferencialidaddefensiva”: todo se evalúa desde el yo, desde el filtro de la validación personal. No se busca la verdad ni la solución, sino reafirmar que uno nunca falla.

La figura de Sheinbaum también se distingue por su necesidad constante de mostrar que todo marcha bien. Que hay avances. Que se gobierna con ciencia y con firmeza. Y, sin embargo, esa seguridad impostada choca con realidades que muchos viven en carne propia: violencia, injusticia, opacidad.

Y aquí está el problema: cuando el discurso de que “todo está bien” se convierte en dogma, se pierde la capacidad de escuchar. Y sin escucha, no hay gobierno que funcione.

El liderazgo no se mide por la cantidad de elogios, sino por la capacidad de transformar la crítica en mejora. Y eso, hasta ahora, la presidenta Claudia Sheinbaum no lo ha demostrado.

En un país donde los retos son gigantes, el pensamiento infalible es una trampa. Porque quien nunca se equivoca, nunca mejora. Y quien nunca escucha, termina gobernando solo para su reflejo en el espejo.

Lo que necesitamos está en que más que una figura de continuidad, lo que necesitamos es una presidente capaz de convivir con la diferencia, no de temerle. Ahí El Meollo del Asunto.