Lo que el poder nunca pudo borrar.
Por: Daniel Valles.
El régimen de 1930 fracasó. Y fracasó de la única manera en que fracasan los gobiernos; cuando se meten donde no entienden; creyendo que la cultura obedece órdenes.
Después del festival en el Estadio Nacional, después de los decretos, de las circulares escolares, de la Lotería Nacional invocando a Quetzalcóatl y de la primera dama repartiendo juguetes junto al dios barbado, la vida siguió su curso.

Las familias volvieron a sus casas. Los pesebres regresaron a las salas.
La Navidad siguió siendo Navidad.
El Estado hizo todo lo que estaba a su alcance. Y aun así, no pudo.
Los gobiernos pueden regular, prohibir, imponer, reescribir libros, cambiar nombres y borrar monumentos. Pero hay algo que no pueden hacer: reemplazar lo que vive en el hogar.
La Navidad no dependía del Estadio Nacional ni de un decreto presidencial. Estaba —y está— en la mesa, en la familia, en el relato que pasa de padres a hijos. Ahí donde el Estado no entra, por más que lo intente.
Ese fue el error del Maximato. Y es el error que se repite casi cien años después.
Hoy vuelven los intentos por reinterpretar el pasado desde el poder, definir identidades “correctas” y usar la pedagogía política disfrazada de cultura. Cambian los discursos, pero el impulso es idéntico.
La Navidad sobrevivió porque no era una consigna ni un proyecto político. Sobrevivió porque no pertenecía al gobierno.
Los regímenes pasan. Las ideologías se reciclan. Pero lo que está arraigado en la experiencia humana —familia, fe, comunidad— no se borra.

“La huella de la navidad en el pesebre es tan fuerte y grande, que nada la puede borrar”.
Así es, El Meollo del Asunto.