Por: Daniel Valles.
Cada 19 de noviembre ocurre un fenómeno curioso: se celebra el Día Internacional del Hombre. O más bien… pasa el Día Internacional del Hombre. Se escurre. Se evapora. Se esconde entre la avalancha de temas que sí importan en la política nacional. Porque esta fecha, que busca visibilizar la salud emocional, física y social de millones de varones, en México se reduce a un suspiro institucional y a un bostezo cultural.
Mientras el 8 de marzo moviliza gobiernos, presupuestos, campañas, foros, marchas y decretos, el 19 de noviembre no genera ni un triste acto oficial. Nada. Cero. Como si los hombres no existieran, o como si no enfermáramos, no muriéramos, no nos deprimiéramos, no nos suicidáramos, no fuéramos víctimas de violencia ni cargáramos responsabilidades familiares, económicas y sociales que —les anuncio la primicia— también pesan. Y pesan fuerte.

La desigualdad de género existe, sí. El problema es que siempre se mira en una sola dirección, como quien revisa el retrovisor, pero sólo el izquierdo.
- Invisibles… pero sólo ese día
En México, el Día Internacional del Hombre no está en el calendario cívico. Ninguna dependencia federal organiza protocolo alguno. No hay discursos de la SEGOB, ni eventos del INMUJERES, ni campañas de la CONAVIM. Apenas alguna universidad y un par de asociaciones civiles se atreven a hablar de salud masculina, depresión, cáncer de próstata o violencia contra los hombres.
El Estado mexicano, tan dado a inventar celebraciones para todo (incluso días para el taco, el mariachi y el ajolote), decidió que un día para el hombre no amerita ceremonia. No hay regalos, ni publicidad, ni ofertas, ni postales. Ni pastel.
Ese vacío institucional dice más que mil discursos.
Violencia contra los hombres: existe, pero no existe
Aquí comienza la ironía. Los datos están allí. El INEGI los publica. La ENVIPE lo confirma. La OPS lo advierte. La CDC lo grita. Los hombres también somos víctimas de violencia.
Pero nadie socializa el tema. Es el secreto peor guardado del país.
¿Por qué?
Porque culturalmente al hombre se le pide que aguante. Que calle. Que no haga drama. Que “no llore como niña”. Si se queja, es débil; si denuncia, es exagerado; si habla, hace el ridículo.
Y si alguien se atreve a mencionar la violencia contra los hombres en un foro público, no faltará quien responda: “Ay ya, pero ustedes siempre han sido los privilegiados.”
Mientras tanto:
– La tasa de victimización es mayor en hombres que en mujeres.
– La cifra negra supera el 90{2919e9cb05cee92d6641494a6ace94d8c97539304d698938331438d3fc1f96e7}.
– No existe en México una encuesta especializada que mida violencia de pareja hacia hombres.
– No hay refugios, ni protocolos, ni campañas dirigidas a varones agredidos.
Y lo más grave: la violencia psicológica y verbal contra los hombres es tan normalizada, que quienes la promueven son celebradas como íconos populares.
El caso Paquita: violencia disfrazada de folclor
Si un hombre cantara letras equivalentes a las de Paquita la del Barrio, sería linchado mediáticamente y perseguido por cuanto instituto de género existe. Pero como es ella la que canta, se aplaude, se celebra y se convierte en patrimonio emocional de un país.
“Rata de dos patas”,
“Me estás oyendo, inútil”,
“¿Qué te puedo yo querer, si eres un cobarde?”
Eso, traducido a criterios modernos, podría clasificarse como violencia verbal, emocional y simbólica.
Pero nadie dice nada.
Las Comisiones de Derechos Humanos callan. Las secretarías de igualdad guardan silencio. La política pública mira hacia otro lado. Nadie levanta la mano para decir que eso también hiere, también humilla, también es violencia.

Así de simple: cuando la agresión es contra el hombre, no es problema; es entretenimiento.
¿Por qué importa hablar de esto?
Porque una sociedad que sólo reconoce el dolor de un grupo y niega el del otro no construye justicia: construye resentimiento. Y el resentimiento, como enseñaba Aristóteles, es la antesala del conflicto.
El punto no es competir por quién sufre más. El punto es reconocer que:
– los hombres también enferman,
– también son agredidos,
– también necesitan apoyo emocional,
– también son víctimas,
– y también merecen protección institucional.
Un país que se jacta de “equidad de género” no puede seguir volteando la mirada hacia un solo lado del problema.
El Día Internacional del Hombre no debe ser una fecha fantasma. Debe ser una oportunidad para discutir lo que nadie quiere discutir.
Porque invisibilizar a un sector de la población nunca ha sido una política inteligente. Ni justa. Ni humana. Ahí está, justamente, el Meollo del Asunto.