Por: Daniel Valles.
Durante años, las feministas denunciaron algo que era real y evidente: lo llamaron: El “Club de Tobi”.

Espacios cerrados, decisiones tomadas entre hombres, poder heredado por costumbre y no por mérito.
La crítica era legítima. Nadie con un mínimo de honestidad intelectual puede defender un sistema que excluye por sexo.
El problema no fue la denuncia. El problema vino después.
Porque hoy, muchos de los espacios que nacieron para combatir esa exclusión funcionan exactamente igual, sólo que con otro uniforme. Cambió el discurso, cambió el género dominante, pero la lógica del poder sigue intacta.

Las “feminitecas”, ciertos círculos académicos y foros culturales no se presentan como lo que realmente son —espacios ideológicos—
sino como si fueran neutrales, incluyentes y científicamente objetivos. Y no lo son. No por defender ideas feministas,
sino porque operan desde la exclusión del disenso.
Cuando un espacio parte de la premisa de que el hombre es culpable estructural, sospechoso por definición
o moralmente inferior por identidad, no estamos ante justicia histórica, estamos ante discriminación con justificación moral.
Y eso sí tiene nombre: venganza simbólica.
No es la venganza del grito ni de la marcha. Es más sofisticada. Es la que se ejerce desde el archivo, el lenguaje, la academia y la política cultural.
Es la que decide quién puede hablar, quién debe callar y quién tiene que pedir perdón antes de opinar.
El Club de Tobi era criticable porque cerraba puertas.
El nuevo club lo es porque las cierra igual, pero ahora lo llama conciencia, perspectiva o justicia social. Cuando a todas luces es un “ajuste de cuentas”.
Lo más grave no es el sesgo ideológico. Lo verdaderamente grave es el desprecio psicológico normalizado hacia los hombres, presentado como pedagogía social.

La ética no funciona por revancha, ni por venganza.
La justicia no se construye humillando al otro.
Y la igualdad no nace de cambiar al excluido de lugar.
Si el feminismo quería desmontar el Club de Tobi, la respuesta no era fundar otro club. Era abrir reglas, no cambiar árbitros.
Porque cuando el péndulo se va al extremo, lo único que cambia es quién manda…no cómo manda. Ahí El Meollo del Asunto.