Desempleo emocional.

Escrito por

en

Daniel Valles.

Perder el empleo no solamente vacía la cartera. También puede desordenar la vida, lastimar la autoestima y sentar a la incertidumbre en la mesa familiar. Y esa incómoda visitante, por cierto, come todos los días, pero nunca coopera para pagar la cuenta.

Una encuesta realizada por OCC —plataforma privada de búsqueda de empleo y reclutamiento, antes conocida como OCCMundial— a 3,195 de sus usuarios encontró que, 47 por ciento había experimentado afectaciones emocionales y mentales durante la búsqueda de empleo.

El dato requiere una precisión: la encuesta fue publicada en septiembre de 2023, no es un estudio nuevo de 2026. Sin embargo, ayuda a comprender un problema vigente y particularmente sensible en Ciudad Juárez.

OCC identificó estrés, angustia, preocupación y ansiedad. Especialistas consultados posteriormente por El Economista agregaron miedo, tristeza, enojo, vergüenza, culpa, sensación de fracaso e incluso paz, cuando dejar el empleo anterior significa abandonar un ambiente insoportable.

El medio habló de hasta 29 emociones, pero no publicó la lista completa ni una metodología para establecer ese número. Lo comprobable: está en que, buscar trabajo, puede convertirse en una carga emocional intensa, especialmente cuando no fue una decisión voluntaria, sino consecuencia de un despido.

Ciudad Juárez alcanzó en marzo de 2023 un máximo de 515 mil 633 empleos formales registrados ante el IMSS. Para julio de 2026 la cifra había descendido a 474 mil 781. La diferencia es de 40 mil 852 puestos.

No significa necesariamente que haya 40 mil 852 personas permanentemente desempleadas. Algunas pudieron encontrar trabajo en otra actividad, abandonar la ciudad, incorporarse a la informalidad o dejar de buscar. Pero tampoco debemos esconder la gravedad del dato debajo de una montaña de tecnicismos: son más de 40 mil empleos formales que la economía juarense no ha podido recuperar.

Cada plaza perdida representa una historia distinta. Detrás de la estadística puede haber una hipoteca, colegiaturas, medicamentos, alimentos y servicios que no dejan de cobrarse porque alguien recibió su liquidación. La economía puede desacelerarse; los recibos, en cambio, mantienen una admirable disciplina laboral.

El trabajo no solamente proporciona ingresos.

También organiza horarios, establece relaciones, desarrolla capacidades y ofrece un sentido de utilidad. Por eso su pérdida puede afectar la identidad, el lugar que la persona cree ocupar en su familia y la manera en que percibe su propio valor.

Aquí debemos introducir otra salvedad. Sentir miedo, tristeza o preocupación ante el desempleo no equivale automáticamente a padecer una enfermedad mental. Convertir toda reacción humana en diagnóstico clínico sería tan absurdo como diagnosticar ‘trastorno por cartera vacía’. Preocuparse cuando falta el ingreso puede ser una respuesta perfectamente racional ante una dificultad real.

El problema aparece cuando la angustia se prolonga, impide dormir, deteriora las relaciones, paraliza la búsqueda o conduce a aceptar cualquier condición laboral por desesperación. También cuando el rechazo de una empresa se interpreta como sentencia sobre el valor personal.

Una empresa evalúa si determinado perfil corresponde a determinada vacante. No tiene autoridad para establecer cuánto vale una persona. El desempleado sigue poseyendo experiencia, conocimientos y dignidad, aunque un reclutador no responda el correo o utilice esa delicada fórmula empresarial: ‘Nosotros le llamamos’. Frase que, en muchas ocasiones, pertenece más a la literatura fantástica que a los recursos humanos.

Pero tampoco podemos responsabilizar únicamente al desempleado de ‘gestionar sus emociones’, como si todo se resolviera respirando profundamente.

Las autoridades y el sector productivo tienen la responsabilidad de generar condiciones para la inversión, la capacitación y el empleo estable.

Los apoyos temporales, como las llamadas “becas del Bienestar”, pueden aliviar una emergencia. No sustituyen el trabajo productivo, la independencia económica ni la seguridad que proporciona un ingreso constante.

Una beca ayuda a sobrevivir durante cierto tiempo; no reconstruye por sí misma un proyecto de vida.

La pérdida de empleos en Juárez no debe reducirse a una gráfica que baja ni a una batalla de discursos partidistas. Su consecuencia se manifiesta en hogares presionados, personas desanimadas y trabajadores obligados a comenzar nuevamente.

Las cifras cuentan empleos. El periodismo debe contar también lo que sucede con las personas cuando esos empleos desaparecen.

Porque perder el trabajo es una dificultad económica, pero dejar que alguien crea que perdió con él su dignidad sería una tragedia todavía mayor. Ahí El Meollo del Asunto