Por: Daniel Valles.
Durante décadas, México entendió algo elemental: la educación no era solamente aprender a leer, escribir o memorizar fechas históricas. Educar era formar criterio, disciplina, carácter y responsabilidad. Era transmitir principios, identidad, cultura y pertenencia. Era preparar ciudadanos. No simplemente consumidores ideológicos.
Hoy, eso cambió.

La educación mexicana atraviesa una transformación silenciosa, pero profundamente peligrosa. Una que no busca elevar el pensamiento, sino domesticarlo. Una que no impulsa la reflexión crítica, sino la obediencia emocional. Una que no forma personas sólidas, sino individuos fácilmente manipulables.
Y ahí está una de las raíces del deterioro ético, moral y social que vivimos.
Porque una sociedad mal educada termina confundiendo libertad con libertinaje, inclusión con imposición, derechos con ausencia de obligaciones y opinión con verdad absoluta. Exactamente eso estamos viendo en México.
El actual gobierno de Claudia Sheinbaum ha decidido profundizar el modelo educativo progresista que ya venía deformando a generaciones enteras. Y Mario Delgado se ha convertido en uno de sus principales operadores políticos.
No es casualidad.
Las recientes propuestas sobre el calendario escolar y las modificaciones constantes al sistema educativo no son hechos aislados. Forman parte de una visión ideológica donde la educación deja de ser transmisión de conocimiento y se convierte en herramienta de ingeniería cultural.

La escuela ya no busca formar alumnos capaces de cuestionar el poder. Busca formar individuos emocionalmente dirigibles. Jóvenes incapaces de sostener debates profundos, pero expertos en repetir consignas. Muchachos que hablan de “narrativas”, “inclusión” y “deconstrucción”, pero que cada vez leen menos, escriben peor y razonan con enorme fragilidad intelectual.
Y luego nos preguntamos por qué la violencia crece. Por qué el tejido social se rompe. Por qué desaparece el respeto a la autoridad legítima. Por qué la familia pierde fuerza. Por qué el civismo se derrumba.
La respuesta está frente a nosotros: generaciones educadas sin formación moral sólida.
Durante años, la educación mexicana dejó de enseñar responsabilidad, mérito, disciplina y pensamiento lógico, para concentrarse en el sentimentalismo ideológico. Se reemplazó el esfuerzo por la complacencia. La excelencia por la susceptibilidad. La verdad por la percepción emocional.
Ahora, disentir es “violencia”. Corregir es “opresión”. Exigir es “autoritarismo”. Y fracasar ya no es consecuencia de malas decisiones, sino culpa del sistema, de la sociedad o de cualquier enemigo imaginario que pueda servir como pretexto.
El resultado es devastador.
Tenemos jóvenes hiperconectados, pero culturalmente vacíos. Saturados de información, pero incapaces de distinguir entre propaganda y realidad. Muchachos que saben repetir discursos prefabricados, pero no sostener una conversación profunda sobre historia, filosofía, ética o civilización.
Y eso no ocurrió por accidente.
La última medición de la prueba PISA dejó al descubierto una realidad incómoda para el discurso oficial. México quedó entre los peores países de la OCDE en matemáticas y comprensión lectora, y fue el peor evaluado en ciencias. En el ranking mundial apareció alrededor del lugar 57.
Peor aún: dos de cada tres estudiantes mexicanos no alcanzan el nivel básico en matemáticas. Y menos del 1{92a4578a424a8a0b1ff863c7ffcbaa31ff11f452352ab54391861a7eae0fd7e5} logra niveles sobresalientes.
Es decir, mientras el gobierno habla de “transformación”, el nivel educativo nacional se desploma.

Pero eso sí, abundan las campañas ideológicas, los discursos emocionales y la propaganda política disfrazada de modernidad educativa.
El progresismo educativo necesita ciudadanos débiles intelectualmente. Necesita individuos que reaccionen emocionalmente antes de pensar racionalmente. Personas que dependan permanentemente del Estado para definir qué pensar, qué decir y hasta qué sentir.
Por eso el pensamiento crítico auténtico desaparece poco a poco de las aulas.
Porque el verdadero pensamiento crítico no consiste en repetir consignas “antisistema” aprobadas por el propio sistema. Consiste en cuestionar incluso las modas ideológicas dominantes. Consiste en aprender a distinguir entre propaganda y verdad. Entre manipulación y conocimiento. Entre educación y adoctrinamiento.
Pero eso no conviene.
Una población que piensa profundamente es incómoda para cualquier proyecto político con aspiraciones hegemónicas. Un ciudadano que conoce historia compara. Uno que comprende filosofía cuestiona. Uno que posee formación moral resiste. Uno que tiene identidad cultural no se deja moldear tan fácilmente.
Por eso la educación actual privilegia el activismo superficial sobre el conocimiento profundo.
Mientras los estudiantes salen cada vez peor en comprensión lectora y matemáticas, se les bombardea con discursos ideológicos cuidadosamente diseñados. Mientras cae el nivel académico, aumenta el adoctrinamiento emocional. Mientras desaparece la disciplina intelectual, crece la corrección política. Y el daño no se limita a las escuelas.
Termina reflejándose en calles más violentas, familias más frágiles, ciudadanos más manipulables y una sociedad cada vez menos capaz de sostener valores comunes.
Porque ninguna civilización sobrevive cuando deja de transmitir aquello que la sostiene. La ética no aparece sola. La moral no surge espontáneamente. Los principios no nacen de TikTok. Los valores no se generan en campañas gubernamentales. Todo eso se enseña. Se transmite. Se conserva. O se destruye.
Y México lleva años destruyendo su educación mientras le llaman “transformación”. Ahí El Meollo del Asunto.