Los dos rostros del 10 de Mayo.

Por: Daniel Valles

México volvió a exhibir, este 10 de mayo, sus dos rostros.
Uno sonríe. El otro llora.

Mientras restaurantes, florerías y centros comerciales hacían su agosto en mayo, miles de madres caminaban bajo el sol cargando fotografías de hijos desaparecidos.

Dos países coexistiendo en el mismo territorio.
Uno celebrando.
Otro buscando cadáveres.

En Ciudad Juárez, la derrama económica por el Día de las Madres fue importante. Familias completas salieron a comer. Las filas en restaurantes parecían desfile de domingo. Las florerías trabajaron a marchas forzadas.

Y eso, pese a todo, habla bien de algo:
la familia mexicana todavía conserva afectos.
Todavía abraza.
Todavía celebra.
Todavía intenta mantenerse viva emocionalmente en medio del desastre nacional.

Pero mientras una parte del país brindaba con mamá, otra gritaba:
“¡No hay nada que festejar!”

Las madres buscadoras volvieron a salir a las calles.
No para pedir privilegios.

No para hacer campaña.
No para tumbar gobiernos.
Salieron a hacer lo que el Estado no ha podido —o no ha querido— hacer:
buscar a sus hijos.

México ya supera oficialmente las 133 mil personas desaparecidas.
Y la tragedia es todavía más brutal cuando entendemos esto:
muchas de esas madres aprendieron antropología forense a fuerza de dolor.

Hoy identifican huesos. Reconocen restos humanos. Saben cavar fosas.
Detectan olores de descomposición. Aprendieron lo que ninguna madre debería aprender jamás.

Eso no habla de madres extraordinarias.
Habla de un Estado extraordinariamente ausente.

Y aquí apareció otra vez el gran problema político:
la distancia del poder.

Durante semanas se acumuló el reclamo porque la titular del Ejecutivo federal seguía sin recibir formalmente a colectivos de madres buscadoras.

Este domingo 10 de mayo, Claudia Sheinbaum finalmente emitió un mensaje dirigido a ellas.

Pero el problema ya no era solamente comunicativo.
Era emocional. Era humano.

Porque cuando una madre lleva años buscando un hijo desaparecido, un video institucional ya no alcanza.
La gente quiere presencia. Quiere empatía. Quiere escuchar una voz humana y no solamente una narrativa política.

Y allí es donde este gobierno empieza a tropezar peligrosamente:
en la incapacidad de conectar emocionalmente con el dolor social.
Porque las madres buscadoras no son oposición partidista.
No son conservadoras. No son “adversarios”. No son bots. No son campañas negras. Son mujeres destruidas buscando pedazos de vida.

Y mientras ellas marchaban, México seguía consumiendo flores, serenatas y promociones de “lleve dos pasteles por uno”. El contraste fue brutal.

De un lado:
mariachis,
fotos familiares,
regalos,
mesas llenas.

Del otro:
mantas,
cruces,
rostros impresos,
lágrimas,
silencio.

Dos Méxicos. Uno todavía puede celebrar. El otro vive suspendido en duelo permanente.

Y quizá lo más doloroso es esto: las madres buscadoras ya ni siquiera le exigen milagros al gobierno. Le exigen algo más sencillo: que las miren.

Porque escuchar no cuesta presupuesto. Recibir no colapsa un Estado.
Consolar no destruye instituciones. Al contrario. Las humaniza. Pero vivimos tiempos donde muchos gobiernos progresistas hablan obsesivamente de empatía mientras administran el sufrimiento ajeno con frialdad burocrática.

Paradójico. Pero muy real.

Octavio Paz escribió que “la indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida”.

Y quizá allí está parte del drama nacional: nos estamos acostumbrando demasiado al horror. Tanto, que un país puede cantar “Las Mañanitas” en una mesa mientras a unas cuadras una madre sostiene la fotografía de un hijo desaparecido desde hace diez años.

México celebró a mamá. Pero miles de madres siguen esperando que México encuentre a sus hijos. Y mientras eso no ocurra, habrá flores pero no habrá paz. Así y ahí, El Meollo del Asunto.