Por Daniel Valles
Gerardo Fernández Noroña no es un político en el sentido clásico del término. Es un provocador profesional. Un incendiario del micrófono. Un personaje que ha hecho del escándalo su modo de vida dentro del sistema que asegura detestar, pero al que pertenece con gusto, fuero y nómina.

En México, hay quienes construyen, quienes destruyen… y quienes se graban destruyendo para subirlo a redes. Noroña pertenece a este último grupo. A lo largo de los años ha protestado contra todo: gasolinazos, impuestos a alimentos, política exterior, medios de comunicación, el ejército, los Estados Unidos, los expresidentes vivos y los muertos también, si es necesario. Pero hoy, desde su curul, defiende lo que antes maldecía. ¿Qué cambió? Solo una cosa: el poder.
Hoy es oficialista. Pero sigue actuando como si estuviera en campaña perpetua. Protesta, se indigna, exige. No importa que esté en el Senado. Él necesita parecer disidente, aunque le depositen como funcionario. Ese es el juego. Su supervivencia no depende de resultados, sino de ruido.
¿Es un político pirómano o un pirómano político?
Ambas cosas. Noroña no busca apagar incendios ni resolver conflictos. Los necesita. Porque su vigencia política depende de estar en el centro de la polémica. Es el tipo de figura que no quiere que las cosas cambien demasiado, porque vive precisamente de que no cambien: de que haya siempre algo que criticar, denunciar o dramatizar.
Sus “protestas” contra EE.UU. lo demuestran:
1. Se plantó en la Torre Trump a gritar contra el muro. ¿Resultado? Solo una nota de color.
2. Pidió amnistía migratoria. ¿Respuesta? Ninguna.
3. Acusó a Calderón de buscar un golpe con apoyo gringo. ¿Pruebas?
Ninguna. Pero qué escándalo tan rentable.
Ahora protesta por el retiro de la visa a la gobernadora de Baja California, Marina del Pílar Ávila, pero de la misma menera que las anteriores protestas. Sólo porque tiene cómo y con qué hacerlo.
Noroña no resuelve. Noroña reacciona. Y si no hay enemigo, lo inventa. Si no hay fuego, lo prende. Si no hay víctimas, se nombra una. Porque eso mantiene los reflectores encendidos… y las boletas electorales abiertas.
Fernández Noroña no es un legislador con ideas firmes, sino un operador del caos con agenda personal. No busca gobernar, sino prolongar el conflicto. Mientras más arda, más grita. Y mientras más grita, más votos rasca. Eso sí: todo lo hace en nombre del pueblo… mientras el pueblo sigue esperando que alguna vez, haga algo útil. Ahí y así, El Meollo del Asunto.