Hipótesis Aún No Probada.

Por: Daniel Valles.

La soberanía nacional es una cosa demasiado seria para usarla únicamente cuando conviene.

Desde hace semanas, el gobierno mexicano ha elevado el tono respecto a la captura de Ismael “El Mayo” Zambada. Las declaraciones van y vienen. Se cuestiona la actuación de agencias estadounidenses. Se señalan posibles irregularidades. Se habla de una eventual violación de la soberanía nacional. Y, por primera vez en mucho tiempo, el tema ocupa un lugar destacado en el discurso oficial.

La pregunta no es si la soberanía debe defenderse. Por supuesto que debe defenderse.

La pregunta es otra: ¿por qué ahora?

Porque la captura de Zambada no ocurrió la semana pasada. Ocurrió el 25 de julio de 2024. Han pasado casi dos años desde entonces. Durante ese tiempo, las explicaciones provenientes de Washington fueron conocidas. El entonces embajador de Estados Unidos en México, Ken Salazar, sostuvo que no se trató de una operación estadounidense, que no hubo avión estadounidense ni piloto estadounidense participando en el traslado del capo.

Si aquella explicación era insuficiente, ¿por qué no vimos una crisis diplomática inmediata? Si la soberanía mexicana había sido vulnerada, ¿por qué la indignación oficial tardó tantos meses en manifestarse con la fuerza que observamos hoy?

Es una pregunta legítima.

Y más aún cuando el caso ha comenzado a evolucionar en los tribunales norteamericanos.

Zambada ya no es simplemente un prófugo detenido. Ahora es un hombre que enfrenta el resto de su vida en una prisión estadounidense. Un hombre que conoce secretos. Muchos secretos. Un hombre que durante décadas convivió con estructuras criminales que necesariamente tocaron esferas políticas, policiales y gubernamentales.

Nadie sabe con certeza qué información posee ni qué podría revelar.

Tampoco sabemos si existen funcionarios mexicanos comprometidos por futuras declaraciones.

Por eso sería irresponsable afirmar que el actual discurso sobre soberanía busca desviar la atención de eventuales revelaciones.

Esa hipótesis aún no está probada. Pero también sería irresponsable ignorar la coincidencia temporal. La investigación debe de continuar.

Porque justo cuando el expediente vuelve a generar ruido público, justo cuando aparecen nuevas contradicciones sobre el papel de agencias estadounidenses y justo cuando el caso judicial entra en etapas más delicadas, la discusión oficial se concentra en un tema: la soberanía.

Y aquí aparece una cuestión de fondo.

Supongamos por un momento que efectivamente agentes estadounidenses participaron de manera activa en territorio mexicano sin autorización formal.

Sería gravísimo.

No porque se trate de Estados Unidos. Sería grave si lo hiciera cualquier país.

La soberanía no es una palabra decorativa para discursos patrióticos. Es uno de los principios básicos sobre los que descansa la existencia misma del Estado. Si un gobierno extranjero puede realizar operaciones de captura dentro de otro país sin autorización, entonces estamos frente a una vulneración seria del orden jurídico internacional.

Eso merece explicaciones. Eso merece investigaciones. Eso merece consecuencias diplomáticas. Pero precisamente por la importancia del asunto resulta inevitable regresar a la misma pregunta.

¿Por qué esperar casi dos años?

Porque si la soberanía fue vulnerada, la reacción parece tardía.

Y si no fue vulnerada, entonces estamos ante una discusión política construida sobre una premisa equivocada.

En cualquiera de los dos escenarios, alguien tiene la obligación de explicar qué ocurrió realmente.

La soberanía nacional no debe convertirse en una herramienta de coyuntura.

No puede aparecer únicamente cuando resulta útil políticamente.

No puede ser un principio absoluto por la mañana y un asunto secundario por la tarde. Los mexicanos merecemos saber dos cosas.

Primero, si agentes estadounidenses participaron o no en la captura y traslado de Zambada.

Y segundo, por qué las preguntas que hoy parecen urgentes no parecían urgentes durante casi dos años.

Mientras esas respuestas no lleguen, la hipótesis seguirá siendo solamente eso: una hipótesis. No probada. Pero tampoco descartada.

Y como ocurre frecuentemente en política, a veces las preguntas terminan siendo más reveladoras que las respuestas. Así es, El Meollo del Asunto.