Por: Daniel Valles.
Hay gobiernos que no toleran espejos. No soportan verse como realmente son. Y cuando aparece una generación completa —la Generación Z— caminando por las calles para recordarles que el rey va desnudo, lo primero que hacen es lo de siempre: burlarse, minimizar, inventar fantasmas… y luego levantar vallas.
Marcharán

en más de 30 ciudades del país, jóvenes de entre 17 y 27 años. Un rango que, para el poder, parece demasiado joven para tener criterio… pero suficientemente grande para votar. Curiosa lógica: para trabajar, pagar impuestos y arriesgarse en un país sin garantías, son adultos; para marchar, “ni a chavorrucos llegan”.
Claudia Sheinbaum, la presidente que presume títulos, doctorados y una memoria selectiva que ya quisieran los grandes escapistas del siglo XX, se burló de ellos con esa sonrisa entre ironía y superioridad que suele usarse cuando uno ya no tiene argumentos, pero sí soberbia. Nada nuevo bajo el sol: el poder siempre ha preferido un pueblo obediente a un pueblo pensante.
La contradicción más visible.
A las feministas radicales misándricas les aplaude y justifica todo. Les permite incendios, pintas, destrozos… sin una sola burla. La narrativa oficial dice que “ellas expresan una causa justa”.
Pero cuando jóvenes pacíficos exigen transparencia, seguridad y anticorrupción, entonces resulta que están manipulados, pagados, confundidos, desorientados o, el clásico de clásico: coordinados por oscuros intereses. Hasta inventaron una “campaña de 90 millones de pesos” para desacreditar lo que no entienden y, sobre todo, lo que no controlan.
Porque esa es la verdad incómoda: este movimiento no nació en el palacio, ni en un comité, ni en un cuarto lleno de operadores. Nació en la calle, en el hartazgo, en la inseguridad que les respira en la nuca todos los días.
Blindar el Palacio, desblindar el criterio.
Si de algo sirven las vallas colocadas alrededor de Palacio Nacional es para confirmar el tamaño del miedo del gobierno. No miedo a la violencia —porque la marcha ha de ser y será pacífica—, sino miedo a que la crítica deje de venir de “los mismos de siempre” y empiece a venir de quienes, se supone, serían “la base social del proyecto”.
Si la Generación Z es manipulada, como dicen, entonces tenemos un país con millones de jóvenes manipulables… lo cual no habla nada bien del sistema educativo que el propio gobierno presume.

Si no lo están, entonces el gobierno tiene otro problema: una generación que ya entendió que prometer futuro no es lo mismo que garantizarlo.
Las preguntas obligadas.
1. ¿Es espontánea o influida?
Mixta. Como toda protesta en la historia: hay hartazgo genuino y también quienes aprovechan el río revuelto. Pero eso no le quita legitimidad.
2. ¿Son reales sus demandas?
Sí. Seguridad, transparencia y anticorrupción… temas que duelen, no ideológicamente, sino en la vida diaria.
3. ¿Pueden convertirse en actor político?
Absolutamente. Si se organizan y mantienen constancia. Toda generación que se cansa, se levanta.
4. ¿Por qué la burla presidencial?
Porque es un movimiento que no controla, no entiende y que, para desgracia del poder, no se alinea con el guion oficial. Una generación que piensa siempre incomoda a quien gobierna por consignas. Ahí El Meollo del Asunto.