Por: Daniel Valles
El jueves 8 de mayo de 2025, a las 18:24 horas de Roma, el humo blanco emergió de la chimenea de la Capilla Sixtina y, pocos minutos después, el cardenal protodiácono pronunció el célebre anuncio: Habemus Papam. El elegido: Robert Francis Prevost, agustino, nacido en Chicago, misionero durante décadas en Perú, ahora pontífice de la Iglesia católica bajo el nombre de León XIV.
Pero más allá del evento protocolario, de las campanas del Vaticano, de las lágrimas de emoción en la Plaza de San Pedro, lo que realmente marcó un nuevo compás fue el primer mensaje del nuevo papa al mundo.

Desde el balcón central de la Basílica de San Pedro, León XIV no se limitó a la bendición apostólica. No. Habló como quien viene del polvo del camino. Como quien conoce el norte y el sur, el frío de Chicago y la pobreza de Chiclayo. Como un hombre que ha vivido en carne propia lo que muchos jerarcas apenas conocen desde la distancia.
Sus palabras fueron claras, sin rebuscamientos teológicos ni eufemismos diplomáticos:
“No hay paz sin justicia, no hay justicia sin verdad, y no hay verdad sin compasión”.
Así, en tres líneas, definió su pontificado naciente.
Llamó a mirar a los márgenes del mundo, donde la Iglesia “aún habla con manos agrietadas por el trabajo y rodillas gastadas por la oración”. Reconoció el dolor de los migrantes, la violencia contra las mujeres, la codicia que devora la creación, y al mismo tiempo, apeló al corazón de cada creyente, a renovar su fe con obras y no solo con devociones.
No buscó una ovación. La obtuvo. No pronunció una homilía triunfalista. Ofreció una visión pastoral, madura, profundamente latinoamericana.
La elección del nombre León XIV también lleva mensaje. El último papa con ese nombre, León XIII, fue un reformador social, autor de la Rerum Novarum que dio origen a la Doctrina Social de la Iglesia. Un guiño claro de Prevost: su pontificado también tendrá a los pobres, los obreros, los descartados, en el centro.
En medio de un mundo que oscila entre el nihilismo cómodo y el fanatismo estéril, la voz de León XIV parece decir: hay un camino de sentido, una fe que no se arrodilla ante el poder ni la ideología, una Iglesia que aún puede ser maestra si decide, de nuevo, lavar los pies. Ahí El Meollo del Asunto.