Por Daniel Valles.
Un paralogismo es un razonamiento que parece lógico, pero que no lo es. Suena convincente, incluso sensato, pero está construido sobre una trampa conceptual: una verdad a medias, una confusión deliberada o un abuso del lenguaje. No es mentira abierta, pero sí un intento de manipular la interpretación. Es el disfraz elegante de la falacia.
En política, este tipo de discursos abundan. No porque los gobernantes sean filósofos retorcidos, sino porque entienden bien el poder de las palabras. En México, la presidenta Claudia Sheinbaum ha demostrado ser particularmente hábil en ese terreno. Ha dejado frases que, si se repiten sin pensar, suenan razonables. Pero si se analizan con calma, se desmoronan por su propio peso lógico.
“Si se consume menos electricidad, se va a pagar menos.”

Dicha durante la presentación de un plan para reducir el costo de la energía eléctrica, la frase parece de sentido común. Claro, si uno usa menos luz, paga menos. Pero aquí el truco está en que el mensaje no era un consejo doméstico, sino un argumento de política pública. El costo de la electricidad no depende solo del consumo individual, sino de tarifas, subsidios, contratos y pérdidas técnicas del sistema. El paralogismo consiste en convertir una verdad parcial (“menos consumo, menor pago”) en una conclusión falsa: que el gobierno reducirá los costos con solo fomentar el ahorro. En realidad, traslada la responsabilidad al ciudadano y deja intacta la estructura tarifaria. Como si el ahorro del usuario resolviera lo que en realidad depende de decisiones técnicas y políticas.
“No habrá nuevos impuestos… sólo actualizaciones de impuestos que antes no existían.”
Esta joya semántica fue pronunciada al presentar la Ley de Ingresos 2026. La presidenta quiso mantener su promesa de no crear nuevos impuestos, pero al afirmar que se “actualizan impuestos que antes no existían”, incurre en el mismo tipo de contradicción que un comerciante que dice no subir precios, sino “reajustarlos hacia arriba”. Si no existían, son nuevos. Punto. La “actualización” es un disfraz verbal para esquivar el costo político de la decisión. Es el equivalente a decir: “No te estoy cobrando más, sólo te cobro diferente”.
Este tipo de lenguaje no es ingenuo; es estratégico. Busca maquillar la realidad para que la narrativa suene coherente, aunque la lógica se resquebraje. En tiempos donde el discurso político vale más que los resultados, dominar la palabra equivale a dominar la percepción.
¿Hasta qué punto estos paralogismos afectan la credibilidad del gobierno? A corto plazo, poco. La mayoría de la gente no analiza los matices del lenguaje; se queda con la música de las palabras, no con su letra. Pero con el tiempo, cuando la realidad contradice los dichos, la confianza se erosiona. Los paralogismos hacen más daño que la mentira abierta, porque disfrazan la falta de honestidad con aparente sensatez.
Y surge la pregunta inevitable: ¿nos hemos acostumbrado a este doble lenguaje político? Probablemente sí. Lo grave no es que el poder lo use —siempre lo ha hecho—, sino que el ciudadano lo tolere. Exigir precisión en el discurso no es quisquilloso: es exigir respeto. Si dejamos que las palabras pierdan su significado, el poder seguirá torciendo la verdad hasta hacerla irreconocible. Ahí, El Meollo del Asunto