“Mañana tiroteo”.

Por: Daniel Valles.

Hay escenas que incomodan porque exhiben lo que ya no queremos ver.
Un alcalde frente a un grupo de adolescentes. Les habla de consecuencias, de responsabilidad, de límites. Y ellos… se ríen.

Ahí no hay irreverencia juvenil. No es rebeldía clásica. Es algo más profundo y más preocupante: desconexión.

Ese momento —la risa frente a la autoridad— es una radiografía social. No del joven solamente, sino del sistema completo que lo formó. O peor aún: que dejó de formarlo.

Porque mientras eso ocurre en Puebla, en paralelo, en distintas partes del país, aparecen mensajes en baños escolares: “mañana tiroteo”.
No hay balas. No hay armas. Pero hay miedo. Y el miedo en una escuela no es un juego, es una señal.

Aquí es donde conviene decirlo sin rodeos:
cabezas llenas y corazones vacíos, producen violencia.

Tenemos jóvenes informados, hiperconectados, expuestos a todo. Pero al mismo tiempo, profundamente desorientados. Saben mucho… pero no saben quiénes son. Entienden cómo funciona el mundo… pero no encuentran su lugar en él.

Y cuando el corazón no tiene contenido, cualquier cosa lo llena. Incluso el caos.

Durante años se debilitó lo que antes funcionaba como estructura:
la familia, la disciplina, la autoridad.

No eran perfectas, pero daban dirección. Hoy se les desmanteló en nombre de la libertad, de la inclusión, de la pluralidad. Conceptos válidos, sí… pero insuficientes.

Porque una cosa es abrir espacios. Otra muy distinta es llenar vacíos.

La narrativa progresista vendió una idea seductora: que el individuo se construye solo, que toda forma de autoridad es sospechosa, que los límites son opresivos. El resultado está a la vista: jóvenes que no distinguen entre una broma y una amenaza, entre visibilidad y responsabilidad.

El reto viral del “tiroteo” no es el problema. El problema real es el terreno donde ese reto prende con tanta facilidad.

Un adolescente no amenaza porque sí. Amenaza porque quiere ser visto. Porque quiere provocar. Porque necesita existir en un entorno donde nadie le marcó el rumbo.

Y cuando aparece alguien que intenta ejercer autoridad —como el alcalde—, ya no genera respeto. Genera risa.

Eso es grave. Porque cuando la autoridad pierde peso, la norma se diluye.
Y cuando la norma desaparece, todo se vuelve posible.

Aquí no se trata de pedir mano dura como reflejo automático. Se trata de entender que la ausencia de estructura es la antesala del descontrol. La escuela intenta contener, activar protocolos, revisar mochilas. Pero la escuela instruye. No forma.

La formación ocurre antes. En casa. Y ahí está el punto incómodo: las figuras de autoridad de antes no se conservaron. Se relativizaron, se cuestionaron hasta diluirse. Hoy no transmiten seguridad. No porque no quieran, sino porque el entorno las desarmó.Sí, somos más plurales. Sí, somos más incluyentes.

Pero esa pluralidad no llena un corazón que busca identidad trascendente. No le dice quién es, ni para qué está aquí, ni qué se espera de él. Y cuando esas respuestas faltan, el joven improvisa. Y en esa improvisación, muchas veces aparece la violencia.

No siempre como acto físico. A veces como amenaza. Como juego. Como experimento. Pero siempre como señal.

Porque el joven no está reaccionando al presente. Está respondiendo al vacío. Y ese vacío no lo creó TikTok. Lo heredó.

L

o heredó de una cultura que dejó de exigir, de una familia que dejó de estructurar, de una sociedad que cambió deberes por derechos y responsabilidades por comodidad.

Por eso el problema no es el reto viral. No es el video. No es el alcalde. Es todo lo que hay detrás. Una generación que no mide consecuencias porque nadie se las enseñó a medir. Y una sociedad que, en nombre de la libertad, dejó de formar.

Luego nos sorprende la violencia. Pero la violencia no nace de la nada.
Se cultiva en el vacío. Y ahí, justo ahí… está El Meollo del Asunto.