Por Daniel Valles.
Hay camaleones que cambian de color para sobrevivir. Y hay políticos mexicanos que lo hacen… para gobernar. La diferencia es que los primeros lo hacen por instinto; los segundos, por conveniencia. Y no tienen pudor.
María Luisa Alcalde es el caso más reciente—y flagrante—de esta epidemia política: la incongruencia elevada a método de gobierno. En 2014, cuando era diputada de oposición, tronó contra la reforma de telecomunicaciones de Peña Nieto. “Es un insulto a la inteligencia ciudadana”, dijo. Se refería a que permitía geolocalizar ciudadanos en tiempo real y espiar comunicaciones sin investigación judicial. Le llamaban “Ley Televisa II” o “ley espía”. Ella la combatió con dientes y uñas. Eso decía.

Pero ahora, once años después, ya como presidente nacional de Morena, no solo no se opuso: la respaldó. Aprobó lo mismo que antes maldijo. Con otro nombre, pero con el mismo colmillo. Dicen que es una herramienta de seguridad nacional. Lo que antes era maquillaje burdo, hoy es cirugía estética patriótica.
Y no es la única en este espectáculo de transformismo político. Ricardo Monreal, Tatiana Clouthier, Germán Martínez, Manuel Bartlett… todos, en su momento, denunciaron al sistema. Ahora lo encarnan. No es lo mismo estar en la jaula que ser el domador.
Este mimetismo no es solo un chiste de sobremesa. Es una tragedia democrática. Porque el político que muta por interés es más peligroso que el corrupto. El corrupto roba. El incongruente destruye la confianza, el tejido moral y la esperanza ciudadana. Es la traición perfecta.
¿Y el ciudadano? Mira. Se desencanta. Se resigna. Y vota por el “menos peor”, que ya es mucho decir.
Mientras no exijamos coherencia, mientras no señalemos el doble discurso como lo que es—engaño premeditado—seguiremos atrapados en esta tragicomedia.
El poder no cambia a las personas. Solo revela quiénes son en realidad. Así es El Meollo del Asunto