Por; Daniel Valles.
Cuando la voz de un niño es ignorada, la sociedad entera fracasa. Y cuando la justicia no escucha a ninguna de las partes con imparcialidad, entonces ya no es justicia: es teatro de poder.
En Ciudad Juárez, el clamor de un grupo de padres y madres de familia ha encendido de nuevo el debate sobre los presuntos abusos sexuales en guarderías. Reclaman que los jueces escuchen a los niños, que se les crea. Que no se les apague. Que no se vendan. Y tienen razón. Su dolor, su indignación, es tan legítima como humana. Están en su derecho de exigir justicia. Pero cuidado: la justicia verdadera no nace de la emoción. Nace de los hechos probados. De procesos con garantías. No de linchamientos públicos ni de carpetas con errores forzados.
La protesta más reciente —convocada para el 27 de agosto en la Ciudad Judicial— es una extensión de otras acciones: liberación del peaje fronterizo, marchas y testimonios. En ellas se denuncia, con toda vehemencia, la supuesta indiferencia de autoridades estatales, la pasividad de fiscales y la falta de respuesta oficial. En particular, en el caso de la guardería Gussi, donde los padres aseguran que no hay ni un solo arresto a pesar de las denuncias.

Esto contrasta, sin embargo, con otros procesos judiciales donde sí ha habido detenciones, prisión preventiva e incluso condenas. Pero también, como lo señalamos hace poco, ya hay una absolución contundente: la de Nahomi Yamilé R. P., en el caso de Techo Comunitario. Una jueza declaró que la FEM fabricó pruebas. ¡Y ordenó investigarlo! ¿Qué hacemos con eso?
¿Dónde queda la justicia cuando se imponen verdades sin pruebas? ¿Cuándo se manipula el dolor para sostener narrativas? ¿Y dónde está el equilibrio cuando el silencio institucional del IMSS o del ISSSTE se vuelve cómplice por omisión?
La protesta exige que los jueces escuchen. Pero también habría que exigir que escuchen todos: la Fiscalía, los medios, los ciudadanos, las víctimas y los acusados. Porque no hay justicia donde sólo una parte tiene micrófono. Ni cuando una sola versión es aceptada como dogma.
El problema aquí no es la exigencia de justicia. Es la manera en que se ha roto el equilibrio procesal. Es la falta de respuestas. Es la negligencia de instituciones que dejaron a los padres sin información, a los acusados sin garantías y a la ciudadanía confundida y dividida.
Porque —y conviene recordarlo— “la esperanza no exige una creencia en el progreso, sólo creer en la justicia, una convicción que el malvado sufrirá, que las injusticias se enmendarán”. Pero eso sólo ocurre cuando la justicia no es ciega para la verdad ni sorda para el reclamo. Que el dolor no nos impida ver que también hay víctimas falsas, acusaciones sin sustento y vidas arruinadas injustamente.
Ciudad Juárez no puede permitirse más simulaciones. Ni más silencio. Pero tampoco más linchamientos. Lo que urge es lo que siempre ha faltado: procesos imparciales, diligencias rigurosas y voluntad real de esclarecer los hechos. Sin miedo. Sin prisas. Sin pactos. Ahí, El Meollo del Asunto.