Alrededor del suicidio existen demasiados mitos. Quizá el primero sea creer que aparece de la nada. Que una mañana alguien simplemente decidió quitarse la vida y que nadie pudo advertir absolutamente nada. No siempre es así.
Quien llega a considerar el suicidio puede estar intentando resolver definitivamente una situación que, vista desde fuera, podría cambiar, disminuir o encontrar salida. El problema es que quien atraviesa una crisis profunda puede ser incapaz de verla de esa manera. Para él, el túnel parece no tener salida. Está tomando una decisión permanente frente a un problema que puede ser temporal, aunque en ese momento no alcance a percibirlo.
G. K. Chesterton lo expresó de una manera brutal: “El hombre que se mata, mata a todos los hombres, por lo que a él le concierne, arrasa con todo el mundo”. No desaparece solamente el dolor que esa persona quiere terminar. Para ella desaparecen también el mañana, las personas que ama, aquello que podría cambiar y hasta las posibilidades que hoy es incapaz de imaginar.
Para quienes estamos alrededor, la responsabilidad comienza precisamente ahí: aprender a reconocer que existe un túnel aunque nosotros podamos ver perfectamente la salida.
Hace años entrevisté a especialistas de salud mental en Ciudad Juárez y algo quedó particularmente grabado: el desconocimiento alrededor del suicidio era enorme, incluso dentro de las propias familias. Se hablaba de aislamiento, cambios repentinos de comportamiento, abandono de actividades anteriormente placenteras, expresiones de desesperanza, consumo de sustancias, desprendimiento de objetos queridos y frases que anuncian cansancio de vivir.
No significa que cualquiera de esas conductas, por sí sola, anuncie un suicidio. Significa algo más sencillo: un cambio profundo merece nuestra atención.
El problema es que hoy mirar se ha vuelto más complicado.
Vivimos en la época de farmear aura. La expresión juvenil podría traducirse como acumular prestigio, proyectar seguridad, parecer interesante, fuerte, indiferente o admirable frente a los demás. La vida digital recompensa la apariencia. Sonreír para la fotografía, publicar el momento adecuado, escribir la frase precisa y conseguir la reacción esperada.
Pero una pantalla puede enseñar casi cualquier cosa menos lo que realmente ocurre dentro de una persona.
Podemos estar confundiendo exposición con comunicación. Tener cientos de contactos no significa tener alguien con quien hablar. Recibir cincuenta reacciones tampoco significa sentirse acompañado. Incluso el muchacho que parece estar “farmeando aura” puede estar construyendo una versión pública de sí mismo mientras libra silenciosamente una batalla privada.
Ahí aparece otro mito peligroso: creer que quien habla de morir solamente busca llamar la atención.
¿Y si estuviera llamando la atención?
Tal vez eso es exactamente lo que deberíamos atender.
El material que revisamos ahora señala precisamente la importancia de tomar en serio las expresiones de desesperanza, observar modificaciones en la conducta y saber cuándo buscar apoyo profesional. No necesitamos convertir padres, maestros, compañeros de trabajo o amigos en sicólogos improvisados. Necesitamos algo mucho más elemental: personas capaces de escuchar sin burlarse, minimizar ni emitir inmediatamente sentencia.
Por eso merece reconocimiento el esfuerzo que realizan en Ciudad Juárez el Centro Familiar para la Integración y el Crecimiento, Fundación Grupo Imperial, la Secretaría de Salud, Gobierno del Estado, la UACJ y El Colegio de Chihuahua, entre otras instituciones, mediante el conversatorio Construyendo Esperanza. El encuentro busca romper mitos, explicar cómo responder ante una crisis, identificar entornos de riesgo y enseñar formas de acompañamiento.
Ese esfuerzo apunta hacia donde debemos caminar como sociedad.
Primero, alfabetización emocional y preventiva. Así como enseñamos qué hacer ante un incendio, deberíamos enseñar qué hacer cuando una persona expresa desesperanza severa. Padres, maestros, iglesias, empresas, entrenadores y organizaciones sociales necesitan aprender a identificar señales generales y, sobre todo, saber a quién canalizar.
Segundo, necesitamos recuperar algo que ninguna aplicación puede sustituir: presencia humana. Preguntar. Escuchar. Permanecer. Y cuando la situación rebasa nuestras capacidades, buscar ayuda profesional inmediatamente.
No podemos impedir cada tragedia. Pero tampoco podemos seguir utilizando después del funeral la frase más cómoda de todas: “nadie se dio cuenta”.
Tal vez alguien sí vio. Sólo que no supo qué estaba mirando. Y ése es, precisamente, El Meollo del Asunto.

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