Venezuela: cayó Maduro… ¿y ahora qué?

Por: Daniel Valles.

El 3 de enero de 2026 no fue un día cualquiera en la historia reciente de América Latina. Ese día, Nicolás Maduro dejó de ser el presidente de facto de Venezuela para convertirse en un detenido federal en Nueva York. Los cargos que enfrenta no son simbólicos ni retóricos: narcotráfico, lavado de dinero, conspiración criminal y violaciones sistemáticas a los derechos humanos.

La imagen fue poderosa. El hombre fuerte del chavismo salió del tablero. Sin embargo, la política no se explica con imágenes, sino con estructuras. Y ahí es donde conviene detener la euforia y encender el análisis integral y no sólo petrolero.

La pregunta central no es si cayó Maduro. Eso ya ocurrió. La pregunta de fondo es otra: ¿cayó el sistema que lo sostuvo durante más de una década?

Confundir la caída de una persona con la demolición de un régimen es un error frecuente, y peligrosamente ingenuo. La historia latinoamericana está llena de ejemplos donde se quita al líder, pero se conserva intacto el andamiaje que lo hizo posible.

Lo que sí ocurrió es relevante. Se rompió el símbolo máximo del poder chavista. Se demostró que la impunidad no es eterna, ni siquiera para quienes gobiernan con mano dura y retórica revolucionaria. Se envió un mensaje regional claro: el poder también puede ser juzgado.

Pero lo que no ocurrió es igual de importante. No cayó el régimen. No se desmontó el aparato militar. No se desarticuló la red de inteligencia ni el control territorial. No regresó la democracia de manera automática. Venezuela no amaneció libre; amaneció en pausa.

Hoy, el control real del país sigue en manos del alto mando militar, los servicios de inteligencia, las redes económicas ilícitas y el dominio mediático. El “madurismo”, entendido como sistema, sigue respirando. Cambiar el nombre del presidente no equivale a cambiar el modelo de poder.

En medio de este escenario reaparece un viejo argumento: que Estados Unidos actuó por el petróleo venezolano. Es una explicación fácil, emocional y profundamente desactualizada. Funciona bien como consigna, pero mal como análisis.

Estados Unidos no necesita hoy el petróleo de Venezuela. Produce más del que consume. El crudo venezolano es pesado, costoso y técnicamente complejo. Además, las principales empresas energéticas estadounidenses ya resolvieron sus conflictos por la vía legal internacional. El petróleo no es el botín; es la coartada.

Lo que realmente está en juego es mucho más serio: el crimen transnacional, la seguridad regional, la migración masiva y el colapso institucional de un país que alguna vez fue referencia económica en la región.

La oposición venezolana enfrenta ahora su momento más importante en dos décadas, pero también el más peligroso. Sin unidad, sin una ruta clara y sin liderazgo real, el régimen puede reconfigurarse, cambiar de rostro y perpetuarse desde la sombra. La historia regional demuestra que esto no sólo es posible, sino probable.

Como advertía Maquiavelo, quitar al príncipe no basta si las estructuras que lo sostienen permanecen intactas. Y como enseña la experiencia latinoamericana, los sistemas caen sólo cuando se desmontan sus columnas, no cuando se retira una figura.

Maduro está preso. Venezuela no está liberada. Celebrar antes de tiempo es ingenuidad. Callar lo evidente es complicidad. No basta con que caiga un hombre; debe caer el sistema que lo hizo posible. Ahí El Meollo del Asunto.