El negocio de fabricar identidades.

Por: Daniel Valles.

En la entrega anterior planteamos una idea que a muchos puede parecer incómoda, pero que explica buena parte de lo que estamos viendo en el debate público: muchas discusiones dejaron de ser políticas y comenzaron a parecerse más a disputas religiosas.

No porque haya templos o liturgias visibles, sino porque aparecen elementos típicos de una estructura de fe: dogmas incuestionables, rituales culturales, normas morales absolutas y una comunidad que decide quién pertenece y quién debe ser expulsado.

Pero para entender por qué estas nuevas “religiones culturales”aparecen con tanta fuerza, es necesario mirar algo más profundo. El ser humano necesita trascendencia.

No es una simple inclinación sentimental ni una costumbre heredada. Es una necesidad profundamente arraigada en nuestra naturaleza. Las personas buscan sentido, propósito, significado. Buscan algo que esté por encima de lo inmediato, algo que dé coherencia a la vida.

Cuando esa dimensión desaparece, no desaparece la necesidad. Aparece el vacío. Y ese vacío rara vez permanece vacío por mucho tiempo.

Las sociedades que han debilitado o abandonado sus fuentes tradicionales de significado terminan buscando sustitutos. A veces esos sustitutos son ideologías políticas. Otras veces son movimientos culturales que prometen una causa moral que justifique la existencia. En otras ocasiones la búsqueda se vuelve mucho más banal.

La cultura contemporánea está llena de intentos de llenar ese hueco: entretenimiento constante, consumo permanente, estímulos instantáneos. Las redes sociales son un ejemplo claro de ello. Proporcionan gratificación inmediata, pero rara vez ofrecen significado duradero. Por eso el efecto dura poco. La persona vuelve a sentir el vacío.

Y cuando una sociedad vive rodeada de vacío espiritual, las mentes se vuelven más fáciles de domesticar.

Cualquier ideología que prometa una explicación simple del mundo, una causa moral clara y un enemigo identificable puede ocupar ese espacio. Especialmente si esa ideología ofrece algo que muchas personas anhelan: identidad.

Ahí es donde entran algunas de las corrientes culturales más influyentes de nuestro tiempo. Entre ellas destaca una particularmente agresiva: la llamada ideología de género. Más que una discusión sobre derechos o convivencia social, propone una redefinición radical de la identidad humana.

No

se limita a cuestionar roles sociales. Va más lejos: plantea que la identidad personal puede separarse completamente de la realidad biológica.

La persona ya no descubre quién es. Se le invita a reinventarse permanentemente. Pero cuando la identidad deja de estar anclada en la realidad, se vuelve extremadamente frágil. Depende de la aprobación social, del lenguaje correcto y de la validación constante de los demás.

Eso explica por qué esta corriente necesita controlar cada vez más el lenguaje, los símbolos y las instituciones culturales. No se trata solamente de tolerancia o respeto. Se trata de sostener una narrativa que, si se cuestiona demasiado, corre el riesgo de derrumbarse. Y aquí es donde volvemos al punto del artículo anterior.

Cuando una ideología adquiere rasgos de fe —culpa colectiva, redención permanente, ortodoxia incuestionable, autoridades morales y rituales culturales— deja de comportarse como una simple propuesta política. Empieza a comportarse como una religión secular.

Y las religiones seculares tienen una característica particular: buscan expandirse hasta dominar el espacio cultural. Por eso el debate de nuestro tiempo no se está librando solamente en el terreno de las leyes o las políticas públicas. Se libra en algo mucho más profundo: la forma en que una sociedad entiende la verdad, la libertad, la identidad y el significado de la vida humana.

Entender esto es esencial para comprender el momento cultural que estamos viviendo. Porque cuando una sociedad pierde sus fuentes de trascendencia, siempre aparecen sustitutos que prometen llenar ese vacío. Y no todos esos sustitutos conducen a la libertad.

En la siguiente entrega veremos algo aún más revelador: cómo estas nuevas creencias culturales adoptan estructuras sorprendentemente similares a las de las religiones tradicionales, y por qué esa similitud explica gran parte de su poder en las instituciones modernas. La conversación continúa. Aún no llegamos al Meollo del Asunto.