Por: Daniel Valles.
En México, 27 niñas, niños y adolescentes ingresan todos los días a clínicas por violencia sexual. Y se abren casi 100 carpetas de investigación cada 24 horas por este delito. Lo verdaderamente escandaloso es que el 95{1fce360350f023bb12764bc5e96e10c2ff6b08d5a5149b06aa955d3cd783fe96} de los abusos sexuales contra menores no se denuncia. Eso no es una estadística: es una condena social.
El deterioro educacional tiene que ver más con la calidad familiar que con la calidad escolar. Padres ausentes, madres solteras sin redes de apoyo, hogares deshechos: la violencia encuentra su mejor caldo de cultivo en el descuido y en el silencio.
Un informe de la Oficina de Defensoría de la Infancia documenta lo impensable: niños de 3 a 5 años describen abusos graves dentro de los preescolares. El lugar que debería ser el más seguro, convertido en trampa. Y todavía hay quien dice que es un problema exagerado.
La escuela en bancarrota.

“La escuela pública o del gobierno está moral, social y educacionalmente en quiebra; de mal en peor, en bancarrota”. Lo muestran los casos: protocolos que se quedan en papel, maestros sin capacitación, directivos que prefieren callar para no manchar la estadística de su plantel.
No es sólo un fallo educativo, es un colapso ético. Las cifras lo confirman: una de cada cuatro niñas y uno de cada seis niños en México ha sido víctima de abuso sexual. Y en 85{1fce360350f023bb12764bc5e96e10c2ff6b08d5a5149b06aa955d3cd783fe96} de los casos, el agresor es alguien cercano.
Catálogos, cuadernillos y fechas en el calendario.
Las autoridades y organizaciones lanzan catálogos, cuadernillos, carpetas digitales y hasta un “día nacional de concientización”. Bienvenidas todas las iniciativas. Pero el problema no es la falta de documentos, sino la falta de acción. Seis de cada diez madres y padres no saben identificar un posible abuso en sus hijos. ¿De qué sirve el protocolo si nadie lo lee ni lo aplica?
El silencio que mata.
El abuso sexual infantil no es sólo un delito: es una epidemia social que en México se mantiene bajo un manto de silencio, complicidad y vergüenza. Los niños no denuncian porque no saben, porque no pueden, o porque el agresor es alguien de su círculo más cercano. Los padres no denuncian porque temen el estigma o no confían en la justicia. Y las autoridades… prefieren reportar números menores a enfrentar el tamaño real de la tragedia.
El deterioro no se mide en calificaciones escolares, sino en las cicatrices invisibles que llevan miles de niñas y niños en este país. La escuela está quebrada, sí, pero la familia también. Y mientras sigamos tolerando la violencia con indiferencia, los abusadores tendrán el terreno libre. Ahí y así es, El Meollo del Asunto.