La palabra “gentrificación” no es nueva. Viene del inglés “gentrification”, acuñada por la socióloga británica Ruth Glass en los años sesenta. La raíz está en “gentry”, esa pequeña nobleza urbana, y el sufijo “-fication”, que indica proceso. Lo usó para describir cómo barrios obreros en Londres eran tomados por clases más pudientes que, al llegar, los transformaban, los encarecían y terminaban expulsando a los vecinos originales. Un proceso tan elegante en su etimología como brutal en su ejecución.
Eso es justo lo que está pasando —y reventando— en la Ciudad de México.
El pasado 4 de julio, miles marcharon en colonias como Roma, Condesa e Hipódromo. ¿La razón? Un grito colectivo contra el desplazamiento urbano. La protesta no fue menor. Fue masiva, directa, con pancartas, consignas, y lamentablemente, con odio racial: “Fuera gringos”, “Kill a gringo”. Así, lo que debió ser una exigencia legítima se contaminó de xenofobia.
¿Y la presidenta Claudia Sheinbaum? Reaccionó condenando esos excesos y prometió diseñar un plan contra la gentrificación. Pero la pregunta que flota es incómoda y certera: ¿por qué hasta ahora? Porque este fenómeno lleva años cocinándose, con la complicidad —silenciosa o incentivada— de las propias autoridades.
El problema es que vendieron la gentrificación como “revitalización”. Como si barrer con una comunidad y subirle a todo el triple fuera una mejora. Renovación sí, pero con los de siempre fuera.

Lo que ocurre en la Roma y la Condesa no es distinto a lo que pasó en Williamsburg, Nueva York, o en Kreuzberg, Berlín. La historia se repite: llega el dinero, llegan los desarrolladores, llegan los que pagan en dólares, se van los que pagaban en pesos.
No se trata de estar en contra de los extranjeros, ni de los nómadas digitales que rentan por semanas con laptops y café de especialidad. El problema es que su llegada sube la renta, baja la pertenencia y borra la identidad.
Y ya ni la clase media se salva.
Esto no es solo urbanismo. Es una batalla por el alma de la ciudad. Porque cuando el mercado decide quién vive dónde, la justicia social es lo primero que se muda. Es más fácil vender departamentos que fortalecer comunidades. Pero el costo es alto: colonias bonitas, vacías de historia; ciudades limpias, pero sin vecinos. Es edificar un tipo de “Fifilandia”. Que contrasta con el discurso “lopezobradorista” del pasado sexenio del par de zapatos y los doscientos pesos en la cartera. “¡Qué cosas!”
Que no se nos olvide: una ciudad no es un fondo de inversión con banquetas. Es la suma de sus voces, sus olores, su gente. Ahí, El Meollo del Asunto.