Discriminación a la Mexicana.

Por: Daniel Valles.

México vive una contradicción curiosa.
Somos un país que presume inclusión, diversidad, apertura y tolerancia… mientras discrimina como deporte nacional.

Y no. El problema no se limita al color de piel, aunque durante años nos hayan querido convencer de que toda la tragedia nacional cabe en una paleta Pantone humana. La realidad mexicana es mucho más compleja, más incómoda y bastante más hipócrita.

Sí, existe discriminación racial. Los datos del INEGI y la ENADIS son claros. Las personas de piel más oscura reportan mayores niveles de discriminación y menor acceso a empleos formales. Eso ocurre. Es real. Negarlo sería absurdo.

Pero el verdadero problema mexicano está en otro lado.

México discrimina culturalmente.
Moralmente.
Religiosamente.
Económicamente.
Lingüísticamente.
Ideológicamente.
Regionalmente.

Aquí, el mexicano escucha cómo hablas y decide cuánto vales.

El acento norteño “golpea”.
El sureño “da flojera”.
El indígena “suena ignorante”.
El chilango “cae mal”.
Y el que habla demasiado correcto, “se cree mucho”.

Es decir: nos convertimos en expertos clasificadores sociales sin siquiera darnos cuenta.

Pero debajo del ruido mediático existe algo todavía más delicado:
la discriminación ideológicamente permitida.

Aquí entra un concepto que Herbert Marcuse definió hace décadas como “tolerancia represiva”. La fórmula es simple: una sociedad presume ser tolerante… siempre y cuando todos piensen parecido.

Además, la propia ENADIS revela algo todavía más delicado:
más del 30{92a4578a424a8a0b1ff863c7ffcbaa31ff11f452352ab54391861a7eae0fd7e5} de los mexicanos reconoció que estaría poco o nada dispuesto a:
– rentar una habitación a extranjeros,
– permitir que una persona con VIH viviera en su casa,
– aceptar que una persona trans fuera candidata a un cargo público,
– o permitir que una persona con antecedentes penales cuidara menores.

La discriminación estructural sigue presente incluso en sectores que públicamente defienden inclusión y tolerancia.

El CONAPRED también ha documentado que las principales causas de discriminación en México incluyen:

– apariencia física,
– forma de vestir,
– peso,
– edad,
– condición económica,
– orientación ideológica,
– religión,
– acento y nivel educativo.

Es decir:
México discrimina mucho más por percepción social y jerarquías culturales que exclusivamente por raza.

Según Latinobarómetro, México aparece constantemente entre los países latinoamericanos con menor confianza interpersonal. Es decir:
el mexicano desconfía profundamente del otro.

Y donde no existe confianza social, inevitablemente aparece la clasificación, el prejuicio y la exclusión.

Y México aprendió perfectamente la lección.

Hoy puedes burlarte públicamente de:

– cristianos practicantes,
– provida,
– conservadores,
– defensores de la familia histórica,
– personas que rechazan ciertas ideologías progresistas,

y eso no sólo es permitido:
muchas veces es celebrado.

Pero intenta disentir del discurso dominante y el castigo llega rápido.

“In tolerante”.
“Retrógrada”.
“Fanático”.
“Generador de odio”.
“Conservador radical”.

Es impresionante cómo algunos hablan de diversidad mientras quieren uniformidad absoluta de pensamiento.

Y dentro de esa nueva estructura de discriminación aparece otra variante cada vez más visible: la discriminación contra el hombre común.

Y mientras exista algún tipo de discriminación, de acuerdo a Roberto J. Blancarte, no existe el “Estado Láico”, título de su libro, en la Pag.7.

Hoy, una crítica, una diferencia de opinión o incluso una observación incómoda hacia una mujer puede provocar que automáticamente aparezca la etiqueta:
“misógino”.

Muchas veces sin análisis.
Sin contexto.
Sin proporcionalidad.

La palabra se volvió martillo ideológico.

Mientras tanto, la misandria —el desprecio abierto hacia el hombre— suele tolerarse, minimizarse o simplemente negarse.

Ahí está buena parte de la cultura popular mexicana para demostrarlo.

Durante décadas, canciones de Paquita la del Barrio construyeron enormes éxitos musicales basados en ridiculizar, insultar o degradar al hombre:
“Inútil”, “rata de dos patas”, “animal rastrero” y una larga colección de frases que, invertidas hacia una mujer, probablemente provocarían cancelaciones masivas y debates nacionales.

Pero como el objetivo era el hombre, socialmente se volvió folclor.
Chiste.
Catarsis cultural.
Entretenimiento.

Y ahí está precisamente el punto:
hay agresiones que la sociedad decide normalizar dependiendo de quién sea el destinatario.

Eso no es igualdad.
Eso es selectividad moral.

La nueva discriminación no siempre prohíbe.
A veces ridiculiza.
A veces desacredita.
A veces cancela.
A veces te expulsa socialmente sin necesidad de leyes.

Porque la presión cultural suele ser más efectiva que cualquier policía.

Y ahí aparece otro fenómeno profundamente mexicano:
la neolengua.

Ya no se discuten ideas.
Se administran etiquetas.

Quien cuestiona ciertas políticas identitarias ya no entra a debate. Se le coloca una estampita moral encima y listo. Caso cerrado. La conversación termina antes de empezar.

Eso no es tolerancia.
Eso es control social disfrazado de virtud.

Mientras tanto, el clasismo mexicano sigue intacto.

La colonia donde vives importa.
Tu apellido importa.
La escuela importa.
La ropa importa.
La manera de comer importa.

México puede darte discursos enteros sobre igualdad mientras el mesero atiende primero al que trae reloj caro.

Así somos.

Y lo más curioso es que muchos de estos mecanismos discriminatorios sobreviven precisamente porque dejaron de verse como discriminación. Se volvieron paisaje. Se normalizaron. Se institucionalizaron culturalmente.

El problema moderno ya no consiste únicamente en discriminar.

El problema moderno consiste en decidir quién sí merece protección y quién puede ser públicamente ridiculizado sin consecuencias.

Esa es la gran trampa de nuestro tiempo.

Porque hoy existen prejuicios socialmente autorizados.

Y mientras eso sucede, millones de mexicanos siguen convencidos de que son profundamente tolerantes, democráticos e inclusivos… aunque excluyan a cualquiera que piense distinto.

En México, la discriminación rara vez grita.

Generalmente sonríe.
Hace memes.
Se burla.
Etiqueta.
Ridiculiza.
Silencia.

Y después se llama a sí misma: “progreso”. Ahí esta, El Meollo del Asunto.